Si en este momento le preguntara
al internet (este constructo fantástico de opinión de masas e información
confusa) que es lo que vale más entre la moral o la felicidad, la mayoría sin
pensarlo, opinaría que la felicidad después de hacer una exclamación de
obviedad. Sin embargo, esta respuesta se
da porque en nuestra sociedad el concepto de “moralidad” es arcaico,
innecesario y se atribuye a cierto tipo de personas reprimidas o para ancianos
que pretenden ganarse un cielo en el cuál los más ya no creen.
Por esta razón, no sería justo definir
a la novela de Tolstoi “Anna Karenina” como el conflicto entre la moral y la
felicidad, porque todo mundo malinterpretaría el fondo de la historia –que era
perfectamente válida hace un par de siglos- y se pensaría como una novela
moralista y educativa o como un ejercicio de misoginia o algunas de las cosas
que se les acusa a este tipo de novelas al ponerlas en el contexto actual.
Por lo tanto, me tomo la licencia
de cambiar el fondo del conflicto: Anna Karenina se trata de la lucha entre la naturaleza
de cada persona, del status quo, de la comodidad en contra de la búsqueda de
felicidad.
La historia se centra en Anna
Arkadievna, una mujer que se casa con un hombre mucho mayor –cosa común en la
época-. El matrimonio con Karenin le trae bienestar, comodidad y un hijo. Pero
el conflicto surge con la aparición de Vronski, un joven capitán que representa
juventud y pasión –al ser este un vividor típico-. Anna se prenda de él y
mientras más contacto tiene con él (llegando a las relaciones ilícitas) más se
da cuenta que abandonaría a su esposo burócrata por este hombre de acción.
En este momento se plantea la
noción del divorcio. Para el siglo en el que fue escrito, la gente reaccionó
escandalizada. Hoy, la gente diría “es lo natural”. Pero Anna no vive en
nuestro siglo: debe enfrentarse a la humillación pública y a una conciencia
atacada por culpas religiosas y morales.
Quien lea la obra actualmente –o
viera la película, que es más fácil- posiblemente se centre en el conflicto de
Anna como mujer, acusándola de feminismo o de espíritu libertario. Pero no lo
creo, no creo que sea el caso. Anna entra en el caso de las personas que
cambian todo lo que son por la promesa de la felicidad basada en asuntos ajenos
a sí misma –en este caso a un hombre-. Anna, salta sin ver al horizonte y
espera que las cosas salgan bien de alguna manera. Sacrifica todos sus ideales
de moralidad, de amor y de bienestar por la idea de que “algo mejor vendrá, si
apuesto mi vida a este hombre” y acusa al mundo entero cuando esto no se da.
Entonces, ¿habríamos de pensar
que lo mejor en la vida es mantener las cosas como están? La respuesta la da con la historia de Lievin,
dentro de la propia novela. Este personaje lucha contra sí mismo a lo largo de
toda la historia. Sufre las angustias de quien no reconoce el camino y no sabe cómo
lidiar con el peso de su propia vida. Pero a diferencia de Anna, no desvía su
vida, no abandona lo que le causa pesar, sino que lo hace parte de sí mismo.
Lievin es un hombre que sufre y se hace responsable de ello.
La novela es una historia de
conflictos y enredos amorosos, pero la lucha y el conflicto real que presenta
es de que manera afrontar la vida misma: abandonar el sufrimiento en busca de
algo mejor o sufrir para crecer y en algún momento dejar de hacerlo.
La novela es bellísima,
pintoresca y humana. Es increíble lo fácil que te relacionas con las pasiones
humanas de un personaje de ficción de hace siglos.
Pienso que es sensato leerlo. En
un mundo de jarris potters y juegos de tronos, donde la literatura juega a ser
más una película de acción que una legitima historia, es bueno regresar a las
condiciones hostiles y frías de una Rusia anhelante de vivir: vida en matices
de gris en el que debes tomar el partido con tus creencias, cuestionarlas,
apostar por el otro lado de la calle moral y luego darte cuenta de que estabas
equivocado, que todo se escapa en el frío abrazo de un anhelo.
Anna Karenina sabe a vida.
Pero son como mil páginas.