domingo, 25 de enero de 2015

De porque no sugiero libros

“Recomiéndame que leer” dice cualquiera que sabe que he leído más de tres libros en mi vida. Es práctica común, casi ritual, para quien no ha leído esos tres libros pedir sugerencias sobre lecturas como si eso fuese relevante para sus vidas. Después de todo: si no has leído esos libros ¿realmente tienes interés en ellos?

Quizá sea mezquindad o arrogancia, pero detesto que me pregunten que deben o pueden leer. Primeramente por celos: mi experiencia con los libros es de un carácter casi romántico y detesto que otras personas manoseen sin cuidado los libros al ver la lectura como una acumulación de acervo o algo para platicar con los gentiles –conocí a alguien que leía en una semana o menos libros de hasta 400 o 500 hojas que a mí me tomaba más de un mes-. Otros más menospreciaban las lecturas, pues no eran lo suficientemente modernas o habían visto una película acerca del mismo.

Pero la principal razón por la que no sugiero lecturas es por la naturaleza de las mismas: Las historias que se cuentan y se contarán se adaptan rápidamente a cada persona. No es necesario ni por asomo que leas lo que yo he leído, pues lo que escojo para leer es algo que se adecua a mí o que yo me acomodado a ellas. No tienes que cambiar el ver películas o ver telenovelas si es el tipo de historias que te acomodan. No tiene que serte relevante una historia ya sea por clásica o por estar de moda. Si las lecturas que he hecho no te han buscado antes, ¿crees que el conocerme, o conocer a cualquier otro intelectual de medio pelo, te obliga a consultarlas?

Por eso no quiero que me pregunten que leer. Lee si quieres y si no, pues no. Es una mentira que serás más listo. Es una mentira que te abre mundos. La puerta a cualquier historia está en tu cabeza, en tu cabeza están latentes. Busca que sea la más adecuada para ti.


O déjalas cerradas. A nadie le importa.

martes, 13 de enero de 2015

No me juzguen, lo cursi es natural en las historias.

Historias. Somos seres de historias. Es la manera en la que se aprende, es la manera en la que definimos personalidad, escogemos nuestros amigos y parejas. Y es que ¿acaso no preferimos aquella persona que resulta interesante, aun frente a los mejores instintos?

Esa es la base de uno de los tipos de historias románticas: reunimos a dos personas cuyos conflictos resulten en una historia  intensa, de desgracias y angustias. Hollywood nos ha convencido que es el tipo de historias que valen la pena, que si no hay una especie de prueba de fuego, situaciones límites o alguna aventura descabellada el amor es convencional y, por lo tanto, aburrido y finito.  

Es quizá uno de mis mayores problemas con el cine, dentro de muchas otras cosas. No soy una persona que soporte mucho ver películas y mucho menos cine de arte, así que solo suelo ver éxitos de Hollywood y todas las películas que he visto últimamente contienen esta fuerte carga romántica/sexual que resulta absurda –tomando en cuenta de que ninguna de las películas que suelo ver son específicamente románticas-. Incluso aquellas películas enfocadas a los niños, cargan poderosos mensajes de este estilo, disfrazados de inocencia.

Mientras que nos sometemos al estilo cinematógrafo de contar historias, los libros modernos van hacia este amor atormentado que nos dice que aquello que no tiene topes en el camino no vale la pena e incluso glorifican la violencia y el dominio sobre la pareja de maneras tan sutiles que suelen parecer románticos –la virtud de la sutileza es el disfraz-.

Esas son las historias de mucha gente que conozco, de sus relaciones: atormentadas y estúpidas, apostando que todo será mejor cuando los obstáculos desaparezcan. Pero en la vida fuera del ideal cinematográfico, eso no pasa.

Hay historias bellísimas de amor, que no disfrazan nada, que se dan como quien cuenta una anécdota. Hay algunas en los libros -de los que puedo contarles- y supongo que en la vida.


Y no me vengan con sus Romeos y sus Julietas, ¡tenían quince años, por amor de Dios!  Bien merecían morir, por calientes.