“Recomiéndame que
leer” dice cualquiera que sabe que he leído más de tres libros en mi vida. Es
práctica común, casi ritual, para quien no ha leído esos tres libros pedir sugerencias
sobre lecturas como si eso fuese relevante para sus vidas. Después de todo: si
no has leído esos libros ¿realmente tienes interés en ellos?
Quizá sea
mezquindad o arrogancia, pero detesto que me pregunten que deben o pueden leer.
Primeramente por celos: mi experiencia con los libros es de un carácter casi
romántico y detesto que otras personas manoseen sin cuidado los libros al ver
la lectura como una acumulación de acervo o algo para platicar con los gentiles
–conocí a alguien que leía en una semana o menos libros de hasta 400 o 500
hojas que a mí me tomaba más de un mes-. Otros más menospreciaban las lecturas,
pues no eran lo suficientemente modernas o habían visto una película acerca del
mismo.
Pero la principal
razón por la que no sugiero lecturas es por la naturaleza de las mismas: Las
historias que se cuentan y se contarán se adaptan rápidamente a cada persona.
No es necesario ni por asomo que leas lo que yo he leído, pues lo que escojo
para leer es algo que se adecua a mí o que yo me acomodado a ellas. No tienes
que cambiar el ver películas o ver telenovelas si es el tipo de historias que
te acomodan. No tiene que serte relevante una historia ya sea por clásica o por
estar de moda. Si las lecturas que he hecho no te han buscado antes, ¿crees que
el conocerme, o conocer a cualquier otro intelectual de medio pelo, te obliga a
consultarlas?
Por eso no quiero
que me pregunten que leer. Lee si quieres y si no, pues no. Es una mentira que
serás más listo. Es una mentira que te abre mundos. La puerta a cualquier
historia está en tu cabeza, en tu cabeza están latentes. Busca que sea la más
adecuada para ti.
O déjalas
cerradas. A nadie le importa.
