sábado, 22 de noviembre de 2014

¡Infinito mientras se lea!

El libro es un universo cerrado. El autor al poner el final de su obra cierra definitivamente lo que ha de contener y pierde todo derecho de modificarlo: los personajes no le pertenecen más, ahora son libres de ser y volver a ser aquello a lo que están destinados.

Esto es lo que creo: Las ficciones no se modifican con el tiempo. No aparecen nuevos significados en la obra, estas son impuestas por los lectores y los así llamados expertos.

¿Por qué crees que Alicia te habla de LSD, opio y demás variedad de drogas? ¿Encontraste esos trozos de ficción en la narrativa? ¿Entonces se equivocan aquellos que hablan de Alicia como una alegoría a la locura creativa? ¿O los que consideran la locura como único medio de observar la verdad? ¿Quién tiene a la verdadera Alicia?

Y Alicia sale ilesa de la discusión, porque su historia es siempre la misma.

“¡Entonces limitas la obra, al despojarla de significados profundos!” reclamarán los literatos. Y yo les digo ¡jamás! ¡La obra es un mundo entero! ¡Un universo con sus propias reglas! ¡Infinito mientras se lea!

Explico mi razonar: el libro es como un individuo –cada persona es una historia-. Dentro de sí, la persona  ve al mundo a su manera e impone sus propias reglas de percepción, por lo que el mundo es diferente depende de quién lo ve. El libro escribe el mundo que conoce, lo modifica, lo perfecciona, lo hace emocionante o trágico y lo termina.

Lo comienza y lo termina con nombres de personajes: el universo se convierte en nombres de personas y ellos se lo apropian.

Y lo terminan.

El libro y la persona terminan y nada más se puede decir de ellos.

Y llegaran los sabios y le pondrán características que no tuvo o exagerará las que sí y ese libro-individuo será un poco más humano, pues así nos gusta más. ¡Pero la historia ya acabada no cambia más que por el ojo de quien lo ve!

¿Y si el libro nos lee a nosotros y por eso vemos tanto en él?

O el libro es solo una bestia inocente.


Al final no estoy seguro de nada.

sábado, 15 de noviembre de 2014

La isla, de la que nunca me he ido.

Leí “La isla del tesoro” cuando estaba en cuarto de primaria. Y fue la desgracia más afortunada que ha pasado en mi vida.

Desgracia, porque ese día me encontré enmarañado en el mundo literario del que nunca salí para intentar tener una vida normal. ¿Pueden imaginar lo que es para un niño retraído y solitario, que había crecido viendo las insulsas caricaturas de los ochentas encontrarse con una aventura de verdad como es la de Jim Hawkins? No se trataba de espadas que lanzaban rayos mágicos al trasero de los enemigos: aquí, un niño veía con sus ojos la nobleza y vileza del espíritu humano y pone su propia existencia en la línea entre el honor y la muerte.

Yo devoraba el libro. El mundo empezaba a representar una serie de dificultades para mí en ese momento ya empezaba a carecer de sentido. Pero no en el libro: en el libro existía el bien y el mal, la lealtad y  la traición, la codicia y  el honor. El libro en un universo de hombres más auténticos que los que conocía en ese momento. Yo era Jim Hawkins, yo aprendía y tomaba las decisiones honorables porque así debía ser el mundo, no ambiguo y gris como en el que vivía.

Para cuando terminé de leerlo, no hubo orgullo ni sensación de logro –como pretende venderte la literatura, actualmente- hubo una sensación de vuelta a la normalidad. El mundo volvía a oscurecerse sin piratas y capitanes, sin islas de los mares del sur, sin piezas de a ocho. Era ir a una escuela de monjas que reprimían toda intención, que oprimían cada paso en el espíritu de “es por tu bien”. Era volver a hombres musculosos que pretendían vencer a un villano idiota y sin personalidad.

¿Qué podía hacer? Volver a leerlo. Mejor aún, buscar más libros, más historias. Si el mundo es terrible, solo debía volver a la isla. La isla funciona aunque sea pequeña y limitada ¿por qué salir de ella?

Naufragué en las historias.

Primaria, secundaria, preparatoria, carrera universitaria, vida adulta en la isla. Incapaz de establecer relaciones normales, con amigos exploradores igual de locos y pocos amores en el horizonte. Un Ben Gunn enloquecido por las soledades.

Pero las historias son mi tesoro, aunque como el oro en la isla, es inútil.

Desgracia con suerte, bendito libro accidental.



Dejo de pactar con la forma en la que funciona el mundo

Sueño con poesía 
con piratas y aventuras 
pero despierto 
y sólo los tengo a ustedes.


No justificaré el motivo de crear un blog de literatura. Sólo quiero hablar de historias. Estoy cansado de que el literato pretenda estar en una posición de superioridad moral: los libros sólo son historias y las historias abundan fuera de ellos, en la vida misma.

Mucha gente sale al mundo y vive esas historias, las contará a sus hijos y se sentirá orgulloso de ellas.

Yo no. Yo vivo una vida de historias ajenas y estoy feliz con ello. Por eso quiero contarles mis experiencias, mi vida de historias como si fueran mis hijos, porque así de mucho los quiero (aunque tenga tentación de abandonarlos a todos en el orfanato).

Si de algo vale, en breve dejaré mis primeras ideas.