lunes, 28 de noviembre de 2016

Veinte mil palabras de viajes fantastieducativos

¿Por qué leer “Veinte mil leguas de viaje submarino”? Hay que decir que el libro tiene una fama de ser ciencia ficción y fantasía, pero también es algo críptico y es en gran medida al personaje del Capitán Nemo. El protagonista, Arronax, se encuentra atrapado en el Nautilus y sus objetivos son el descifrar el misterio del capitán del submarino y al mismo escapar de él.

Pero el libro es raro. No es que carezca de la emoción de la aventura o la posibilidad de maravillarse con las ideas que provienen de la idea de una exploración imposible en sitios fantásticos: es el hecho de que en momentos el libro se detiene por completo a explicar cosas que, por interesantes que puedan ser, detienen el progreso de los hechos.

Yo sé que no soy nadie para criticar el proceso de creación de historias de Julio Verne, pero el hecho de darle prioridad a cuestiones técnicas sobre el submarino o sobre las criaturas que observaban desde el mismo, hace que los capítulos se sientan tremendamente largos, al grado de que fácilmente se olvida de lo que se estaba hablando unas páginas antes. Sin embargo, me parece interesante que este tipo de narraciones técnicas acompañarán la mayor parte de las historias de ciencia ficción en el futuro.

Ahora bien, leer a Verne requiere un cierto estado mental: es requerido abandonar un tanto el cinismo de la vida moderna.  Es decir, si sabemos que hoy en día hay submarinos y que la exploración marina es posible y que la catalogación de la vida marina es abundante, puede parecer un libro torpe y algo rudimentario en sus ideas. Se requiere poner en los ojos y estado emocional de aquel que sueña con lo que no es posible. Es decir, es necesario volverse crédulo y por lo mismo capaz de sentir asombro.


Entonces, si es capaz de tomarse a la ligera la lectura, disfruta de las aventuras educativas con toques de fantasía y una primitiva ciencia ficción, y además tiene el espíritu subversivo y misterioso del capitán Nemo, este libro es para usted. 

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Breve semblanza de nadie.

Julio Verne es un autor recordado por su maravillosa intuición sobre lo fantástico que puede ser posible, es decir, su capacidad para imaginar las posibilidades de la ciencia y tecnología por medio de su imaginación. Lo que la gente no recuerda es uno de los motivos por el que lo hace: su vocación de educador.

Este tema es poderoso en “Veinte mil leguas de viaje submarino”. A finales del siglo XIX los escritores publicaban capítulos de sus historias en revistas y periódicos y esta obra fue publicada originalmente en una revista de educación. No es de extrañar entonces que la obra se incline en momentos a enseñar lo más que pueda sobre la vida marina que en terminar de contar la historia.

Pero oculto detrás de estas dos gemas brillantes y positivas de la obra -la imaginación y el aprendizaje- se encuentra uno de los personajes más populares y al mismo tiempo más oscuros de la historia de la literatura: el capitán Nemo, el mismo que odia a la humanidad y prefiere mantenerse ajeno a ella. Esto es uno de las cuestiones más peculiares de la obra.

¿Por qué Nemo odia a la humanidad? No sé si es importante. Sé que hay un libro donde explica esto, pero aquí no es importante. Nemo es un ermitaño, es aquel que no pertenece. Nemo es quien tiene los medios para crear, para construir y explorar. Es quien puede dominar y destruir, también. Pero prefiere no hacerlo, prefiere no ser nadie.

¿Es una declaración de Verne? Con el riesgo de hacer una sobrelectura, la pregunta es si Verne quería decirnos algo con este personaje que no viene al caso con el resto de la fantasía e imaginación del texto. ¿Por qué este pesimismo en esta máquina maravillosa? ¿Es que solo un loco querría vivir en el fondo del mar, un lugar reservado para la muerte hasta este momento histórico? ¿Qué dice del autor, crear un personaje tan poco característico de él?

Desde mi corazón narrativo, la respuesta es siempre la siguiente: el personaje es una caracterización del mar, un personaje frio y distante que solo tolera a las personas fuertes, inmune a la codicia y la maldad de la humanidad.



Pero sospecho una reacción del autor; un momento de hartazgo o una decepción de mundo. El autor siempre debe ser responsable de lo que dice y quizá por no hacer una declaración obvia y exagerada, creo un personaje que representa su amargura. Los artistas suelen tener el talento de la sutileza.

lunes, 21 de noviembre de 2016

Sobre la pereza de quien lee y quien escribe

Escribir es difícil. Cuando escribimos estamos cargando un bagaje de historias que queremos contar, otro tanto de historias que nos gustaron -que copiamos inconscientemente- y una plétora de afecciones personales que van metidas en lo que estamos narrando. Cuando descubrimos todo esto en la obra, las más de las veces la echamos abajo temerosos de revelar estas cosas y se comienza de nuevo o se corrige para crear algo con lo que estamos satisfechos.

Esto se puede enseñar, pero casi siempre lo aprendemos de leer: se puede rastrear tanto influencias como aspectos personales en cada libro que leemos. Sin embargo, es marca de verdadero trabajo cuando el libro se separa de sus fuentes y de los complejos del autor; esta debería ser la aspiración de cualquiera que haga literatura.

Entonces escribir es difícil, pero hay antecedentes de personas que pudieron publicar un libro cada año o seis meses. ¿Qué factor es el que determina esta velocidad? Podemos honestamente hablar de talento o una capacidad especial para ello, pero el motivo de las prisas casi siempre tiene que ver con dinero. La mayor parte de la literatura victoriana se hacía como trabajo del cual se podía subsistir, por ejemplo. Sin embargo, era una época cruel: si el texto no agradaba, el autor no comía. El público era exigente y demandaba calidad; los autores se esforzaban bastante para llenar estos estándares y esto nos llevó a una época dorada del realismo literario.

Nosotros como público actual no somos exigentes. Disfrutamos las cosas sencillas que nos exigen la menor cantidad de poder cerebral. Los autores hoy en día hacen cantidades absurdas de dinero con historias sencillas y complacientes. Es el carácter de la época. Incluso, me he dado el lujo de -en una entrada anterior- defender este tipo de libros al justificarlos como el paso de una terrible época literaria que hacia lo contrario: autocomplacencia del autor.

Pero hay una cosa que no puedo perdonar y es la pereza. Lo que no permitirá mejorar nuestras historias es la pereza. Pereza como lectores de no buscar algo que nos eleve un poco más y pereza de los autores de no tratar de innovar. No es siquiera crear un nuevo movimiento literario, no es crear nuevos paradigmas en la narrativa: como espectadores ser capaces de generar, aunque sea una breve incomodidad en nuestros cerebros al descubrirnos agradablemente sorprendidos o desagradablemente decepcionados y querer entender por qué y enfrentarnos honestamente a la obra.

Es, como autores, darnos cuenta que vale la pena aportar algo al mar de las historias y no vivir cómodamente detrás de una historia que se copia a si misma o a otros.


Es válido hacer dinero con el arte. Lo que sospecho tramposo es hacer dinero con símiles de arte y que nosotros como público demos coba a eso. 

jueves, 13 de octubre de 2016

Sobre el nobel de literatura y las razones de mi desconfianza

Bob Dylan ganó el premio nobel de literatura e hice un comentario al respecto de ello en mis redes sociales, pensando que a nadie le importaría este asunto. Pero a la gente le importa. Y mucho, aparentemente.

Yo tengo un conflicto, no con Dylan como ganador, si no con la noción misma del premio nobel de literatura y el criterio en base al cual se otorga. Es decir, hasta donde sé, el premio se da por contribuciones al área específica que se está premiando, lo que me parece un tanto difícil de digerir, pues requiere necesariamente una aportación práctica del arte. Si hablamos del nobel de química, estamos considerando que no es el aporte lo que interesa por sí mismo, si no las aplicaciones prácticas del mismo.

En este caso, a Dylan se le dio por “sus contribuciones a la poética en la música americana”. Esta frase representa al menos tres cosas: que las letras de Bob Dylan contienen poesía comparable a cualquier autor antes premiado –que no lo sé, apenas conozco un par de sus canciones-, que estas mismas letras son un parteaguas en su área y que los diversos autores americanos lo tienen como punto de referencia en la creación de sus obras. 

La obra puede ser influyente, pero no es necesario que lo sea. Dar un premio a la obra por su influencia, forza a la misma a tener un cariz que no necesita.

Ahora bien puedo estar malentendiendo el premio. Urjo a quien guste a educarme al respecto.

En un segundo momento, el premio me resulta sospechoso por el comité mismo que se encarga de otorgar el premio. Primero, es un jurado internacional; esto quiere decir que son personas de diversas partes del mundo cuya lengua madre es diferente en cada caso, que deben leer a un autor en un idioma distinto al propio y, por lo tanto, confiar en la apresurada traducción de alguna editorial de su país o, en el peor de los casos, hecha por algún ayudante del mismo. Es también gente que no tiene contacto con la cultura de la cual surge la obra y que no tiene entendimiento de las intenciones del autor –dado que es complicado hablar de “literatura universal” en estas épocas donde la literatura está más segmentada de lo que ha estado en décadas--. Y después de todo esto, deben discutir –en diversos idiomas- la relevancia de las contribuciones del autor. 

Viéndolo así, suena razonable escoger a un músico de fama internacional. Ahorra trabajo considerablemente. 

Y si, sé que es gente erudita en literatura. Pero también sospecho grandemente de la erudición a esos niveles.

Mis sospechas del comité y de la manera en la que se determina al ganador se incrementan con la inclusión de compositores, segmento que nunca me hubiera imaginado que participaba en la selección de este nobel. Un compositor y cantante siempre será más popular y llevará ventaja sobre un poeta, porque la música influye en las intenciones de la composición.


Quizá el nobel también es un asunto de popularidad y yo estoy aquí discutiendo tonterías. 

martes, 11 de octubre de 2016

Batallas narrativas: disputas de pertenencia.

Un estereotipo cultural de los estadounidenses es la exageración. Vemos esto con la tendencia a hacer todo grandioso aunque resulte impráctico o innecesario. Su narrativa es igual, dando como resultado que su literatura, cine y televisión siempre exagere hasta los más pequeños detalles, intentando desesperadamente hacerlos relevantes. Y bueno, a pesar de ser un rasgo cultural, es también una consecuencia del internet: los autores comienzan a perder la autoría de su obra en el monstruoso colectivo que es la comunidad en línea.

Sirva este texto como apuntes de lo analizado en este aspecto.
  • El autor no puede abarcar todos los detalles. Usualmente muchos de ellos son en verdad irrelevantes y simplemente se dejan pasar. Sin embargo, el espectador se fascina en ellos: busca significados en los mismos, conexiones donde no las hay y demanda a los autores que los incluyan o los solucionen. El autor, temeroso de perder relevancia, tiene que hacerlo. Haciendo crecer una historia que no necesitaba hacerlo.
  • El autor proyecta personajes como protagonistas o antagonistas, dándoles personalidades definidas y ordenadas para poder contar las historias. El colectivo del internet se siente más identificado con los roles de villano o incluso con personajes de soporte –o se enamora de su físico si es cine o televisión- y exige al autor que ese personaje se pare en los reflectores. El autor, temeroso de perder relevancia, tiene que hacerlo. Esto destruye sus primeras intenciones.
  • El autor presenta su historia de principio a fin y, si hizo bien su trabajo, es circular. Esto quiere decir que usa todos los elementos que necesita a lo largo de la historia para terminarla. Pero al colectivo no le gusta el final, porque lo deja insatisfecho –lo cual casi siempre es causa del bagaje de unos cuantos del colectivo-. El colectivo exige una continuación de la historia para que exista la posibilidad de un nuevo final.  El autor, temeroso de perder relevancia, tiene que hacerlo. Lo que prolonga una historia sin verdadera razón.
  • Si el autor no se rinde a las exigencias de la multitud, la multitud enardecida toma control de la obra, creando sus propias versiones. Esto sería un ejercicio maravilloso, de no ser porque el acto de creación es plenamente autoindulgente: no se crea por el puro acto artístico o para homenajear o parodiar, si no como un acto de alivio personal.
  • A la obra no se le permite terminar, hasta que el colectivo está harto de ella.

Y es como generas estos “universos” de historias donde todo es agradable para el espectador. Estos lugares se vuelven cómodos y un refugio donde no se permite conocer nada más, centrando toda su energía en él, exagerando cada aspecto del mismo hasta que nada queda del original.

Es un proceso violento, una disputa sobre que es más importante: el creador o el espectador. Analicen, por favor, lo terrible de este enunciado.

jueves, 6 de octubre de 2016

Breves recomendaciones electivas

¿Por qué vale la pena leer “Las afinidades electivas”? Bueno, es Goethe: es de esos autores que se presumen. Pero si no es bastante, aquí van mis razonamientos.

Primero que nada y como dije en mi entrada anterior, la historia del libro es sobre el amor y el deseo como parte de la naturaleza humana y esto puede ser muy simple para nuestra época donde las telenovelas ponen los estándares del amor moderno: los amantes son como prendas de invierno, se usan y desechan dependiendo del frio que se tenga.

Pero las cosas eran diferentes en el siglo XVIII. En esa época se valoraban cosas como la lealtad y la fidelidad; el espíritu humano se media con la escala del honor, elemento que se basaba en estas dos virtudes. No solo eso, si no que las diversas fes defendían estos principios en sus dogmas. El humano no solo podía abandonar sus juramentos y entrar a las redes sociales donde siempre va a haber alguien que justifique nuestras decisiones sin importar lo terribles que eran. No, tenían que vivir con sus consecuencias.

Entonces, “Las afinidades electivas” es el enfrentamiento de poderosos valores contra un deseo igual de monstruoso. Es el enfrentamiento de la moral al grado superlativo, al punto en el que el sufrimiento y el completo abandono de sí mismo es el único paliativo en contra de esta lucha interna.

Todo esto con la bella prosa del autor.

Una sola cosa más debería decir. Como muchos otros autores Goethe presiente el cambio de su época: ante una reforma religiosa, política y social, el intuye que el mundo ha de cambiar y sabe que el verdadero enfrentamiento de su época es moral. No es que esta obra sea una metáfora de esa lucha, pero si es uno de los múltiples escenarios que traerá: la ruptura de las viejas formas y el doloroso cambio hacia lo nuevo.  


No hago justicia a la obra, porque no me alcanzan las fuerzas. Pero créanme, si pudiera arrojar libros al mundo, este sería uno. 

lunes, 3 de octubre de 2016

Las afinidades electivas o las alquimías del amor.

Cuando se menciona a Goethe, casi todos ubicamos a “Fausto”, siendo ésta la mejor obra del autor y del universo –exagerando las palabras de gente en Wikipedia y otros blogs-.

Yo leí “Fausto” en la adolescencia, en esa misma época que se lee “La metamorfosis”, “El extranjero” y otros libros “rudos” para sentir que se es de la contracultura a pesar de estar remitido en nuestras casas, leyendo. “Fausto” era de esos libros que mencionan al diablo y a la persecución del deseo y a pesar de ser todo eso muy lindo, no aterrizó en mí. Me quedé en la idea de que Goethe era un escritor pesado de tendencias místicas insoportables y jamás pasó por mi cabeza leerlo de nuevo.

Pero vinieron “Las afinidades electivas”.

Este libro se escribe un año después de “Fausto” y comienza con una simple premisa: las relaciones humanas son parecidas a las formulas químicas; esto es que, aunque dos compuestos pueden combinarse adecuadamente y ser perfectamente afines, la interacción de otras sustancias pueden romper los primeros enlaces y formar unos nuevos. Dicho de otra forma: las personas, como muchas de las sustancias, son volubles y cambian violentamente al ser expuestos a otros.

Es una novela de temáticas amorosas, por si no es evidente aun.

La historia cuenta sobre Eduard y Charlotte, pareja que se casa después de que ambos enviudan. Eduard había estado obsesionado con Charlotte en su juventud por lo que tenía la certeza de amarla. La pareja es feliz y en su afán de compartir su felicidad, deciden hospedar a El Capitán -un viejo amigo de Eduard- y a la protegida de Charlotte, Ottilie. Estos dos personajes serán los catalizadores de cambio, poniendo en duda el amor de Eduard y Charlotte. Y cuando digo poniendo en duda, es rompiéndolo por completo.

En general, es de esas historias que pueden parecer muy obvias para nuestros días. Pero hay algo de novedad en ello: la idea de que el ser humano se acerca y se separa de otros por naturaleza. Es decir, que un concepto como amor no es una fuerza cósmica inalcanzable o que es otorgado o aceptado por un dios omnipotente: es un proceso humano, natural y, aún más, falible. El humano puede equivocarse cuando ama o cree amar.

Ahora, la obra no es únicamente sobre la ruptura del amor: es sobre de dominio de sí mismo o el enfrentamiento de la moral contra el impulso de la ardorosa naturaleza humana. Los personajes luchan con el impulso de la traición, se arrepienten al dejarse vencer, enloquecen y tratan de recobrar la cordura entregándose a la fatalidad.

¿Cuál es el peso de la obra? Aparte de la poesía y el impecable ritmo con que está escrito, la obra es terriblemente humana para la época en la que está escrita. Hay muchas razones históricas por las que se puede justificar un texto tan “inmoral” como este, pero lo que es cierto es que no escatima en desafiar las  buenas costumbres de la época. Pero fuera de estas razones históricas, lo más importante es esta intuición del autor de humanizar el amor y el odio de tal manera que las obsesiones y la locura parezcan una forma natural de estos sentimientos.

La humanidad roba a Dios el derecho del amor y se quema con él.

Estos son pactos mefistofélicos, mejores que los del mismo Fausto.