martes, 11 de octubre de 2016

Batallas narrativas: disputas de pertenencia.

Un estereotipo cultural de los estadounidenses es la exageración. Vemos esto con la tendencia a hacer todo grandioso aunque resulte impráctico o innecesario. Su narrativa es igual, dando como resultado que su literatura, cine y televisión siempre exagere hasta los más pequeños detalles, intentando desesperadamente hacerlos relevantes. Y bueno, a pesar de ser un rasgo cultural, es también una consecuencia del internet: los autores comienzan a perder la autoría de su obra en el monstruoso colectivo que es la comunidad en línea.

Sirva este texto como apuntes de lo analizado en este aspecto.
  • El autor no puede abarcar todos los detalles. Usualmente muchos de ellos son en verdad irrelevantes y simplemente se dejan pasar. Sin embargo, el espectador se fascina en ellos: busca significados en los mismos, conexiones donde no las hay y demanda a los autores que los incluyan o los solucionen. El autor, temeroso de perder relevancia, tiene que hacerlo. Haciendo crecer una historia que no necesitaba hacerlo.
  • El autor proyecta personajes como protagonistas o antagonistas, dándoles personalidades definidas y ordenadas para poder contar las historias. El colectivo del internet se siente más identificado con los roles de villano o incluso con personajes de soporte –o se enamora de su físico si es cine o televisión- y exige al autor que ese personaje se pare en los reflectores. El autor, temeroso de perder relevancia, tiene que hacerlo. Esto destruye sus primeras intenciones.
  • El autor presenta su historia de principio a fin y, si hizo bien su trabajo, es circular. Esto quiere decir que usa todos los elementos que necesita a lo largo de la historia para terminarla. Pero al colectivo no le gusta el final, porque lo deja insatisfecho –lo cual casi siempre es causa del bagaje de unos cuantos del colectivo-. El colectivo exige una continuación de la historia para que exista la posibilidad de un nuevo final.  El autor, temeroso de perder relevancia, tiene que hacerlo. Lo que prolonga una historia sin verdadera razón.
  • Si el autor no se rinde a las exigencias de la multitud, la multitud enardecida toma control de la obra, creando sus propias versiones. Esto sería un ejercicio maravilloso, de no ser porque el acto de creación es plenamente autoindulgente: no se crea por el puro acto artístico o para homenajear o parodiar, si no como un acto de alivio personal.
  • A la obra no se le permite terminar, hasta que el colectivo está harto de ella.

Y es como generas estos “universos” de historias donde todo es agradable para el espectador. Estos lugares se vuelven cómodos y un refugio donde no se permite conocer nada más, centrando toda su energía en él, exagerando cada aspecto del mismo hasta que nada queda del original.

Es un proceso violento, una disputa sobre que es más importante: el creador o el espectador. Analicen, por favor, lo terrible de este enunciado.

1 comentario:

  1. En efecto, parece terrible, pero me es imposible salir de esos universos idílicos.

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