lunes, 28 de noviembre de 2016

Veinte mil palabras de viajes fantastieducativos

¿Por qué leer “Veinte mil leguas de viaje submarino”? Hay que decir que el libro tiene una fama de ser ciencia ficción y fantasía, pero también es algo críptico y es en gran medida al personaje del Capitán Nemo. El protagonista, Arronax, se encuentra atrapado en el Nautilus y sus objetivos son el descifrar el misterio del capitán del submarino y al mismo escapar de él.

Pero el libro es raro. No es que carezca de la emoción de la aventura o la posibilidad de maravillarse con las ideas que provienen de la idea de una exploración imposible en sitios fantásticos: es el hecho de que en momentos el libro se detiene por completo a explicar cosas que, por interesantes que puedan ser, detienen el progreso de los hechos.

Yo sé que no soy nadie para criticar el proceso de creación de historias de Julio Verne, pero el hecho de darle prioridad a cuestiones técnicas sobre el submarino o sobre las criaturas que observaban desde el mismo, hace que los capítulos se sientan tremendamente largos, al grado de que fácilmente se olvida de lo que se estaba hablando unas páginas antes. Sin embargo, me parece interesante que este tipo de narraciones técnicas acompañarán la mayor parte de las historias de ciencia ficción en el futuro.

Ahora bien, leer a Verne requiere un cierto estado mental: es requerido abandonar un tanto el cinismo de la vida moderna.  Es decir, si sabemos que hoy en día hay submarinos y que la exploración marina es posible y que la catalogación de la vida marina es abundante, puede parecer un libro torpe y algo rudimentario en sus ideas. Se requiere poner en los ojos y estado emocional de aquel que sueña con lo que no es posible. Es decir, es necesario volverse crédulo y por lo mismo capaz de sentir asombro.


Entonces, si es capaz de tomarse a la ligera la lectura, disfruta de las aventuras educativas con toques de fantasía y una primitiva ciencia ficción, y además tiene el espíritu subversivo y misterioso del capitán Nemo, este libro es para usted. 

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Breve semblanza de nadie.

Julio Verne es un autor recordado por su maravillosa intuición sobre lo fantástico que puede ser posible, es decir, su capacidad para imaginar las posibilidades de la ciencia y tecnología por medio de su imaginación. Lo que la gente no recuerda es uno de los motivos por el que lo hace: su vocación de educador.

Este tema es poderoso en “Veinte mil leguas de viaje submarino”. A finales del siglo XIX los escritores publicaban capítulos de sus historias en revistas y periódicos y esta obra fue publicada originalmente en una revista de educación. No es de extrañar entonces que la obra se incline en momentos a enseñar lo más que pueda sobre la vida marina que en terminar de contar la historia.

Pero oculto detrás de estas dos gemas brillantes y positivas de la obra -la imaginación y el aprendizaje- se encuentra uno de los personajes más populares y al mismo tiempo más oscuros de la historia de la literatura: el capitán Nemo, el mismo que odia a la humanidad y prefiere mantenerse ajeno a ella. Esto es uno de las cuestiones más peculiares de la obra.

¿Por qué Nemo odia a la humanidad? No sé si es importante. Sé que hay un libro donde explica esto, pero aquí no es importante. Nemo es un ermitaño, es aquel que no pertenece. Nemo es quien tiene los medios para crear, para construir y explorar. Es quien puede dominar y destruir, también. Pero prefiere no hacerlo, prefiere no ser nadie.

¿Es una declaración de Verne? Con el riesgo de hacer una sobrelectura, la pregunta es si Verne quería decirnos algo con este personaje que no viene al caso con el resto de la fantasía e imaginación del texto. ¿Por qué este pesimismo en esta máquina maravillosa? ¿Es que solo un loco querría vivir en el fondo del mar, un lugar reservado para la muerte hasta este momento histórico? ¿Qué dice del autor, crear un personaje tan poco característico de él?

Desde mi corazón narrativo, la respuesta es siempre la siguiente: el personaje es una caracterización del mar, un personaje frio y distante que solo tolera a las personas fuertes, inmune a la codicia y la maldad de la humanidad.



Pero sospecho una reacción del autor; un momento de hartazgo o una decepción de mundo. El autor siempre debe ser responsable de lo que dice y quizá por no hacer una declaración obvia y exagerada, creo un personaje que representa su amargura. Los artistas suelen tener el talento de la sutileza.

lunes, 21 de noviembre de 2016

Sobre la pereza de quien lee y quien escribe

Escribir es difícil. Cuando escribimos estamos cargando un bagaje de historias que queremos contar, otro tanto de historias que nos gustaron -que copiamos inconscientemente- y una plétora de afecciones personales que van metidas en lo que estamos narrando. Cuando descubrimos todo esto en la obra, las más de las veces la echamos abajo temerosos de revelar estas cosas y se comienza de nuevo o se corrige para crear algo con lo que estamos satisfechos.

Esto se puede enseñar, pero casi siempre lo aprendemos de leer: se puede rastrear tanto influencias como aspectos personales en cada libro que leemos. Sin embargo, es marca de verdadero trabajo cuando el libro se separa de sus fuentes y de los complejos del autor; esta debería ser la aspiración de cualquiera que haga literatura.

Entonces escribir es difícil, pero hay antecedentes de personas que pudieron publicar un libro cada año o seis meses. ¿Qué factor es el que determina esta velocidad? Podemos honestamente hablar de talento o una capacidad especial para ello, pero el motivo de las prisas casi siempre tiene que ver con dinero. La mayor parte de la literatura victoriana se hacía como trabajo del cual se podía subsistir, por ejemplo. Sin embargo, era una época cruel: si el texto no agradaba, el autor no comía. El público era exigente y demandaba calidad; los autores se esforzaban bastante para llenar estos estándares y esto nos llevó a una época dorada del realismo literario.

Nosotros como público actual no somos exigentes. Disfrutamos las cosas sencillas que nos exigen la menor cantidad de poder cerebral. Los autores hoy en día hacen cantidades absurdas de dinero con historias sencillas y complacientes. Es el carácter de la época. Incluso, me he dado el lujo de -en una entrada anterior- defender este tipo de libros al justificarlos como el paso de una terrible época literaria que hacia lo contrario: autocomplacencia del autor.

Pero hay una cosa que no puedo perdonar y es la pereza. Lo que no permitirá mejorar nuestras historias es la pereza. Pereza como lectores de no buscar algo que nos eleve un poco más y pereza de los autores de no tratar de innovar. No es siquiera crear un nuevo movimiento literario, no es crear nuevos paradigmas en la narrativa: como espectadores ser capaces de generar, aunque sea una breve incomodidad en nuestros cerebros al descubrirnos agradablemente sorprendidos o desagradablemente decepcionados y querer entender por qué y enfrentarnos honestamente a la obra.

Es, como autores, darnos cuenta que vale la pena aportar algo al mar de las historias y no vivir cómodamente detrás de una historia que se copia a si misma o a otros.


Es válido hacer dinero con el arte. Lo que sospecho tramposo es hacer dinero con símiles de arte y que nosotros como público demos coba a eso. 

jueves, 13 de octubre de 2016

Sobre el nobel de literatura y las razones de mi desconfianza

Bob Dylan ganó el premio nobel de literatura e hice un comentario al respecto de ello en mis redes sociales, pensando que a nadie le importaría este asunto. Pero a la gente le importa. Y mucho, aparentemente.

Yo tengo un conflicto, no con Dylan como ganador, si no con la noción misma del premio nobel de literatura y el criterio en base al cual se otorga. Es decir, hasta donde sé, el premio se da por contribuciones al área específica que se está premiando, lo que me parece un tanto difícil de digerir, pues requiere necesariamente una aportación práctica del arte. Si hablamos del nobel de química, estamos considerando que no es el aporte lo que interesa por sí mismo, si no las aplicaciones prácticas del mismo.

En este caso, a Dylan se le dio por “sus contribuciones a la poética en la música americana”. Esta frase representa al menos tres cosas: que las letras de Bob Dylan contienen poesía comparable a cualquier autor antes premiado –que no lo sé, apenas conozco un par de sus canciones-, que estas mismas letras son un parteaguas en su área y que los diversos autores americanos lo tienen como punto de referencia en la creación de sus obras. 

La obra puede ser influyente, pero no es necesario que lo sea. Dar un premio a la obra por su influencia, forza a la misma a tener un cariz que no necesita.

Ahora bien puedo estar malentendiendo el premio. Urjo a quien guste a educarme al respecto.

En un segundo momento, el premio me resulta sospechoso por el comité mismo que se encarga de otorgar el premio. Primero, es un jurado internacional; esto quiere decir que son personas de diversas partes del mundo cuya lengua madre es diferente en cada caso, que deben leer a un autor en un idioma distinto al propio y, por lo tanto, confiar en la apresurada traducción de alguna editorial de su país o, en el peor de los casos, hecha por algún ayudante del mismo. Es también gente que no tiene contacto con la cultura de la cual surge la obra y que no tiene entendimiento de las intenciones del autor –dado que es complicado hablar de “literatura universal” en estas épocas donde la literatura está más segmentada de lo que ha estado en décadas--. Y después de todo esto, deben discutir –en diversos idiomas- la relevancia de las contribuciones del autor. 

Viéndolo así, suena razonable escoger a un músico de fama internacional. Ahorra trabajo considerablemente. 

Y si, sé que es gente erudita en literatura. Pero también sospecho grandemente de la erudición a esos niveles.

Mis sospechas del comité y de la manera en la que se determina al ganador se incrementan con la inclusión de compositores, segmento que nunca me hubiera imaginado que participaba en la selección de este nobel. Un compositor y cantante siempre será más popular y llevará ventaja sobre un poeta, porque la música influye en las intenciones de la composición.


Quizá el nobel también es un asunto de popularidad y yo estoy aquí discutiendo tonterías. 

martes, 11 de octubre de 2016

Batallas narrativas: disputas de pertenencia.

Un estereotipo cultural de los estadounidenses es la exageración. Vemos esto con la tendencia a hacer todo grandioso aunque resulte impráctico o innecesario. Su narrativa es igual, dando como resultado que su literatura, cine y televisión siempre exagere hasta los más pequeños detalles, intentando desesperadamente hacerlos relevantes. Y bueno, a pesar de ser un rasgo cultural, es también una consecuencia del internet: los autores comienzan a perder la autoría de su obra en el monstruoso colectivo que es la comunidad en línea.

Sirva este texto como apuntes de lo analizado en este aspecto.
  • El autor no puede abarcar todos los detalles. Usualmente muchos de ellos son en verdad irrelevantes y simplemente se dejan pasar. Sin embargo, el espectador se fascina en ellos: busca significados en los mismos, conexiones donde no las hay y demanda a los autores que los incluyan o los solucionen. El autor, temeroso de perder relevancia, tiene que hacerlo. Haciendo crecer una historia que no necesitaba hacerlo.
  • El autor proyecta personajes como protagonistas o antagonistas, dándoles personalidades definidas y ordenadas para poder contar las historias. El colectivo del internet se siente más identificado con los roles de villano o incluso con personajes de soporte –o se enamora de su físico si es cine o televisión- y exige al autor que ese personaje se pare en los reflectores. El autor, temeroso de perder relevancia, tiene que hacerlo. Esto destruye sus primeras intenciones.
  • El autor presenta su historia de principio a fin y, si hizo bien su trabajo, es circular. Esto quiere decir que usa todos los elementos que necesita a lo largo de la historia para terminarla. Pero al colectivo no le gusta el final, porque lo deja insatisfecho –lo cual casi siempre es causa del bagaje de unos cuantos del colectivo-. El colectivo exige una continuación de la historia para que exista la posibilidad de un nuevo final.  El autor, temeroso de perder relevancia, tiene que hacerlo. Lo que prolonga una historia sin verdadera razón.
  • Si el autor no se rinde a las exigencias de la multitud, la multitud enardecida toma control de la obra, creando sus propias versiones. Esto sería un ejercicio maravilloso, de no ser porque el acto de creación es plenamente autoindulgente: no se crea por el puro acto artístico o para homenajear o parodiar, si no como un acto de alivio personal.
  • A la obra no se le permite terminar, hasta que el colectivo está harto de ella.

Y es como generas estos “universos” de historias donde todo es agradable para el espectador. Estos lugares se vuelven cómodos y un refugio donde no se permite conocer nada más, centrando toda su energía en él, exagerando cada aspecto del mismo hasta que nada queda del original.

Es un proceso violento, una disputa sobre que es más importante: el creador o el espectador. Analicen, por favor, lo terrible de este enunciado.

jueves, 6 de octubre de 2016

Breves recomendaciones electivas

¿Por qué vale la pena leer “Las afinidades electivas”? Bueno, es Goethe: es de esos autores que se presumen. Pero si no es bastante, aquí van mis razonamientos.

Primero que nada y como dije en mi entrada anterior, la historia del libro es sobre el amor y el deseo como parte de la naturaleza humana y esto puede ser muy simple para nuestra época donde las telenovelas ponen los estándares del amor moderno: los amantes son como prendas de invierno, se usan y desechan dependiendo del frio que se tenga.

Pero las cosas eran diferentes en el siglo XVIII. En esa época se valoraban cosas como la lealtad y la fidelidad; el espíritu humano se media con la escala del honor, elemento que se basaba en estas dos virtudes. No solo eso, si no que las diversas fes defendían estos principios en sus dogmas. El humano no solo podía abandonar sus juramentos y entrar a las redes sociales donde siempre va a haber alguien que justifique nuestras decisiones sin importar lo terribles que eran. No, tenían que vivir con sus consecuencias.

Entonces, “Las afinidades electivas” es el enfrentamiento de poderosos valores contra un deseo igual de monstruoso. Es el enfrentamiento de la moral al grado superlativo, al punto en el que el sufrimiento y el completo abandono de sí mismo es el único paliativo en contra de esta lucha interna.

Todo esto con la bella prosa del autor.

Una sola cosa más debería decir. Como muchos otros autores Goethe presiente el cambio de su época: ante una reforma religiosa, política y social, el intuye que el mundo ha de cambiar y sabe que el verdadero enfrentamiento de su época es moral. No es que esta obra sea una metáfora de esa lucha, pero si es uno de los múltiples escenarios que traerá: la ruptura de las viejas formas y el doloroso cambio hacia lo nuevo.  


No hago justicia a la obra, porque no me alcanzan las fuerzas. Pero créanme, si pudiera arrojar libros al mundo, este sería uno. 

lunes, 3 de octubre de 2016

Las afinidades electivas o las alquimías del amor.

Cuando se menciona a Goethe, casi todos ubicamos a “Fausto”, siendo ésta la mejor obra del autor y del universo –exagerando las palabras de gente en Wikipedia y otros blogs-.

Yo leí “Fausto” en la adolescencia, en esa misma época que se lee “La metamorfosis”, “El extranjero” y otros libros “rudos” para sentir que se es de la contracultura a pesar de estar remitido en nuestras casas, leyendo. “Fausto” era de esos libros que mencionan al diablo y a la persecución del deseo y a pesar de ser todo eso muy lindo, no aterrizó en mí. Me quedé en la idea de que Goethe era un escritor pesado de tendencias místicas insoportables y jamás pasó por mi cabeza leerlo de nuevo.

Pero vinieron “Las afinidades electivas”.

Este libro se escribe un año después de “Fausto” y comienza con una simple premisa: las relaciones humanas son parecidas a las formulas químicas; esto es que, aunque dos compuestos pueden combinarse adecuadamente y ser perfectamente afines, la interacción de otras sustancias pueden romper los primeros enlaces y formar unos nuevos. Dicho de otra forma: las personas, como muchas de las sustancias, son volubles y cambian violentamente al ser expuestos a otros.

Es una novela de temáticas amorosas, por si no es evidente aun.

La historia cuenta sobre Eduard y Charlotte, pareja que se casa después de que ambos enviudan. Eduard había estado obsesionado con Charlotte en su juventud por lo que tenía la certeza de amarla. La pareja es feliz y en su afán de compartir su felicidad, deciden hospedar a El Capitán -un viejo amigo de Eduard- y a la protegida de Charlotte, Ottilie. Estos dos personajes serán los catalizadores de cambio, poniendo en duda el amor de Eduard y Charlotte. Y cuando digo poniendo en duda, es rompiéndolo por completo.

En general, es de esas historias que pueden parecer muy obvias para nuestros días. Pero hay algo de novedad en ello: la idea de que el ser humano se acerca y se separa de otros por naturaleza. Es decir, que un concepto como amor no es una fuerza cósmica inalcanzable o que es otorgado o aceptado por un dios omnipotente: es un proceso humano, natural y, aún más, falible. El humano puede equivocarse cuando ama o cree amar.

Ahora, la obra no es únicamente sobre la ruptura del amor: es sobre de dominio de sí mismo o el enfrentamiento de la moral contra el impulso de la ardorosa naturaleza humana. Los personajes luchan con el impulso de la traición, se arrepienten al dejarse vencer, enloquecen y tratan de recobrar la cordura entregándose a la fatalidad.

¿Cuál es el peso de la obra? Aparte de la poesía y el impecable ritmo con que está escrito, la obra es terriblemente humana para la época en la que está escrita. Hay muchas razones históricas por las que se puede justificar un texto tan “inmoral” como este, pero lo que es cierto es que no escatima en desafiar las  buenas costumbres de la época. Pero fuera de estas razones históricas, lo más importante es esta intuición del autor de humanizar el amor y el odio de tal manera que las obsesiones y la locura parezcan una forma natural de estos sentimientos.

La humanidad roba a Dios el derecho del amor y se quema con él.

Estos son pactos mefistofélicos, mejores que los del mismo Fausto. 

lunes, 26 de septiembre de 2016

El tigre es una metáfora.

Usualmente no veo cine. Es por una causa: las películas determinan desde el principio el ritmo de su narrativa –que depende de la duración de la misma y el tema del que trata- y por lo tanto siento que no tengo control sobre nada de la misma y me termino sintiendo ajeno a la experiencia.

El caso que pongo de ejemplo es una película que se llama “La vida de Pi”. Esta película la vi en el cine en una de esas horrendas salas en las que los asientos se menean sin control para hacer “inmersiva” la experiencia. La película promete que al final tendrás una nueva perspectiva de Dios y que te abrirá los ojos.

La historia es la narración de un chico hindú que, por razones exageradamente convenientes, termina atrapado con un tigre en un bote en altamar. Después se describen las largas y tediosas interacciones de este muchacho con el tigre y su mutua supervivencia. Luego –de la nada- terminan en una especie de isla viviente que se come a la gente. Escapan y terminan en una playa; el tigre se va y el niño sobrevive.

¿Cómo cambiamos nuestra perspectiva de Dios? De ninguna manera, hasta que el narrador pide que sopesemos que historia nos gusta más: si el tigre era realmente un tigre o un hombre, un asesino. Pregunta si la narración fantástica nos gusta más que una realista. Y por eso el concepto de Dios es algo bueno, porque da menos miedo que “la verdad”.

Yo recuerdo estar furioso en este momento. Aparte de que su “reinterpretación” de Dios es simplificarlo como una "verdad más agradable", me hizo pasar dos horas en la más aburrida y lenta de las historias para llegar a ella. “El tigre es una metáfora” es uno de los insultos más grandes que he recibido en todas las historias que conozco.

Esta película equivale a viajar en un tren por dos horas para llegar a donde mismo; es como si un comediante diera un discurso sobre el marxismo de dos horas para poder contar un chiste de Mao Tse Tung; es recordarnos que, pagado nuestro boleto, somos presa de los caprichos de un cineasta durante dos horas.

No es el único caso que me ha pasado, pero esta película en particular me molesta porque ganó una cantidad absurda de premios a pesar de ser una farsa y por eso mismo va a ser punto de referencia de como contar historias. Las películas que quieran ganar Oscares, deberán ser un chiste que se explica y disecciona al final, y en este horrible proceso, tener la esperanza de encontrar profundidad.


No podría, ni cerca, sugerir una solución para resolver este problema del cine. Las películas que me he topado, casi todas resuelven hacer este tipo de cosas como un método de ser sorprendentes o profundas. He aceptado esto como el orden natural de las cosas y como no gusto, no suscribo. Por esto no veo cine. 

lunes, 19 de septiembre de 2016

Puntualidad literaria: de "El hombre invisible" y el realismo literario.

¿Qué es lo que motiva a terminar “El hombre invisible”? Yo tengo una predilección por estas novelas victorianas de aventuras, donde hay un villano que vencer y un héroe de altísimos estándares morales que lo hará; el hombre invisible comienza de esta manera, añadiendo a la mezcla elementos de misterio y un tanto de terror –que debieron ser sumamente efectivos en su época-.

Todas estas historias llegan a ser sumamente predecibles, al grado que los lectores de vanguardia tienden a descartar estas obras por esto mismo.

En el caso de “El hombre invisible” estas tendencias se repiten, pero hay algo que mantiene el interés:  la evolución gradual como protagonista y villano del hombre invisible, Griffin. Esto es un ejercicio de puntualidad literaria, pues como lector tu sabes en que momento de la obra estás dependiendo de las acciones de este personaje: comienza la obra siendo lo más discreto y furtivo; termina completamente loco y violento.

Alguien que sepa de literatura podría decirme que esto es la base de una progresión normal de un personaje y podría citarme varios otros personajes que pasan por lo mismo, pero lo que me llama la atención de este caso es el término que use: puntualidad. H. G. Wells no opta por la sutileza, prefiere mostrar claramente esta transformación con la clara intención de generar un sentido de urgencia en el lector. Estos recursos son la base del realismo literario y lo serán también de muchas de las películas e historias que inundan el siglo XX y todavía nuestros días.


Entonces, el hombre invisible se lee como una carrera en contra de la locura de Griffin y la duda de si llegarás a tiempo; cosa extraña es que, a pesar de ser el monstruo que es, a veces sientes la necesidad de apoyarlo con la esperanza de que se redima y se salve. Novedosa publicación para el siglo XIX.

Finalmente, la obra es un interesante comentario para la época sobre la ciencia, la ética y la condición humana: Griffin es una persona que estuvo dispuesto a perder todo, incluso a sí mismo, en su búsqueda por el descubrimiento científico.


Perderse a sí mismo por alcanzar el éxito. Otra vez, es una temática muy de nuestro siglo. 

miércoles, 14 de septiembre de 2016

El Hombre Invisible y la soledad en la multitud

Durante siglos ha habido una correlación literaria de la deformidad y la maldad. Igual que muchos de los prejuicios actuales, esta idea se ancla en la superstición: lo que sale de la norma o los estándares de belleza se debe a que el espíritu esta deforme a su vez. Entonces, constantemente vemos al jorobado, al bizco o al simplemente ser el villano de las historias desde sus orígenes.

Los villanos guapos son una novedad de este siglo.

“El hombre invisible” presenta una de estas historias del monstruo. En este caso su deformidad es ser invisible que actualmente puede parecer más bien una ventaja, pero estamos en universos morales diferentes. El hombre invisible es un ser único, alguien que adquirió cualidades monstruosas y por lo tanto no encaja en la sociedad. Su proyecto original es volver a la normalidad, pero, a poco, va perdiendo la noción de la ley, de la moral… de lo humano.

La novela fue escrita a finales del siglo XIX, junto a muchas otras que trataban esta dualidad de la raza humana, pero casi todas tienen un aspecto en común: el monstruo no nacía, era creado; más aún, era creado voluntariamente. La pregunta del escritor de este siglo es si la maldad se generaba en la mente de los hombres antes de manifestarse físicamente, lo cual es asombroso para una época en la que todavía se daban las proverbiales “cacerías de brujas”.

Griffin –el hombre invisible- se encuentra desesperado, solo y paranoico. Se sabe diferente y, conociendo el mundo en el que vive, se piensa monstruoso.  Acepta esta condición y se vuelve un ladrón y un asesino, empoderándose en su maldad. Griffin desatado se cree un rey.

¿Cuál es el tema de la obra entonces? ¿Es la moralidad? ¿El monstruo humano? Nunca he estado muy seguro… siempre me ha parecido que es algo que va más con el siglo que venía: la soledad en la multitud. Somos imperceptibles en el gran mundo y aun así perseguidos por una masa que pretende someter y alinear. Nuestras deformidades corregidas en pos de una estructura que no nos pertenece.

No es que Griffin no fuese el villano, pero en tiempos más gentiles y tolerantes hubiese sido laureado por su descubrimiento y las cosas hubiesen sido mejores para todos.

No sé, esta es una de mis proyecciones, supongo. Pero ser diferente es algo que a nadie le molesta, pero que a todos ofende. 

miércoles, 7 de septiembre de 2016

De animales albinos y marineros suicidas.

¿Cuál es el motivo que permite terminar Moby Dick? En mi entrada anterior mencionaba que es un libro sumamente pesado por la densidad de sus contenidos en la narración y, particularmente, en los temas derivados de la historia que no aportan nada a la misma. Pero aun frente a lo cansada que es la lectura, hay ciertos elementos que empatan con el lector que permiten continuar la historia.

El primer elemento es el misterio. Cuando ubicamos en la memoria esta historia, pensamos tanto en la ballena albina como en el Capitán Ahab, personajes sumamente caricaturizados por los diversos medios como películas o series de televisión. Bueno, ninguno de los dos es una presencia constante en la historia: el protagonista y narrador es un marinero de nombre Ishmael y él sabe tanto de estos personajes como nosotros; y no aprendemos gran cosa de ellos hasta casi el final de la historia. Por esta misma caricaturización de la que hablamos, puede parecer que el misterio es inexistente -casi todos sabemos que el capitán Ahab quiere matar a la ballena- pero los detalles son los que nos hacen querer saber, revelar el misterio.

En segundo lugar es el mismo Ishmael y el resto de la tripulación. En la primera página, revela que el opta por lanzarse al mar como reemplazo de un suicidio y este ánimo funesto parece ser el común entre estos hombres de mar. La historia frecuentemente se relaciona con la idea de obsesión y venganza, pero raramente se relaciona con esta idea trágica de aquellos que se lanzan a la suerte de los elementos por no tener nada que perder; seguir a Ahab y navegar de esa manera es un suicidio lento que se va desarrollando durante las páginas del libro y da tiempo a los personajes a enfrentarse con su propia soledad y angustias. Melville adelanta unas cuantas décadas todas las aspiraciones existencialistas de los escritores del siglo XX.

Finalmente, hay un dejo de aventura. Puede que la obsesión y la locura inunde el barco, pero estos personajes ven de frente a la muerte y murmuran “te conozco y no te será fácil”. La aventura está en tratar de vencer al mar, aun sabiendo que es imposible. Es vencer a la ballena aun sabiendo que eso no soluciona nada. Los hombres de mar pretenden morir, pero antes los oiremos crujir.

Ahí mis motivos para leer Moby Dick. Para haberlo terminado al menos.

¡Ah! ¡Una cosa más! Los personajes están llenos de supersticiones, pero la más adorable es cuando mencionan que todos los animales albinos son malignos.


Mi gato era albino y lo leí con él. Ocasionalmente volteaba a verme como diciendo “y ya que sabes de la maldad en mis genes, ¿qué vas a hacer?”. 

martes, 6 de septiembre de 2016

"Sobre Moby Dick" o "La determinación de leer libros pesados"

Herman Melville está de moda. No es tanto como para ver jóvenes con playeras con su nombre, pero en los círculos literarios y filosóficos se cita frecuentemente por su cuento “Bartleby, el escribiente”. Desafortunadamente yo lo conocí por Moby Dick.

Moby Dick es una de las glorias de la literatura americana. Es el equivalente estadounidense del “Pedro Paramo”, el libro que se les obliga a los adolescentes a leer en la preparatoria. Lo más curioso de la obra es que su éxito fue muy posterior a su publicación. Y esto es debido a que sus temas se acoplan más al siglo XX e incluso a los tiempos modernos: el primero de ellos y el que lleva la obra es la obsesión por metas o enemigos quiméricos que terminan por destruir tanto al obsesivo como a los que lo rodean. Otros elementos que emparejan con tiempos más modernos son la superstición que surge de lo desconocido, los sórdidos escenarios llenos de desaliento y angustia o la melancolía de saberse atrapado, solo entre una multitud.

No cabe duda que estos elementos se presentan… cuando la novela avanza. El más grande problema de la obra es que tiene este elemento del romanticismo que es el sobrexplotar los temas describiendo cada elemento hasta el absurdo. Con algunos autores -como es el caso de Víctor Hugo- esto resulta interesante pues los autores muestran un interés por “educar” al tiempo que entretener, hacer poesía o convertir sus opiniones en grandiosos discursos –con los que se puede o no estar de acuerdo-. Melville… habla de ballenas. Mucho. De cada parte de las mismas y que se puede hacer con ellas. Hubo un gran lapso de la novela en la que solo recuerdo como desmenuza sus ideas sobre estos animales intercalando ocasional poesía hecha al vapor, pero lo recuerdo porque cuando terminé de leer esta parte, me había olvidado de lo que estaba pasando en la historia.

Finalmente, el estilo narrativo es pesado. Incluso cuando hay un fluir de la historia, ésta llega a estar tan cargada de imágenes que llega a ser un reto sostener la atención de los sucesos. Este estilo empata mucho con algunas personas pero en mi experiencia particular, es el tipo de cosas que provocan detener la lectura y hacer cualquier cosa que despeje la mente.


Moby Dick es un libro difícil. Sin embargo es una excelente ballena que cazar para presumir las dotes de lector.

domingo, 28 de agosto de 2016

De por qué está bien que sigan sacando libros de Harry Potter

He tenido la duda legitima de cómo llegamos a la tendencia literaria actual. Estamos en una época donde los best-sellers son libros diseñados –no escritos- para adolescentes –que cautivan a niños y a adultos- donde lo que se busca no es la historia como tal, sino la integración de lo escrito en la cultura popular. Esta tendencia es evidente en la popularización de ciertos libros, personajes o ideas que derivan en la creación de larguísimas e insulsas series que finalmente derivan en películas, series televisivas y videojuegos.

¿Cuál es la causa de esto? Presento mi teoría. Por supuesto, corresponde a los expertos dar una respuesta, después de haber cobrado sus becas, pasado por discusiones en cafés y deslumbrado a las jovencitas con su sapiencia.

Cada generación literaria ha aparecido como ruptura a la tendencia anterior desde el origen de las mismas. Por ejemplo, la ruptura del neoclasicismo nos lleva romanticismo y la ruptura de ésta nos trajo el realismo. Estas transformaciones van de la mano a las tendencias de la época y describen de manera muy claro el espíritu de la misma y aunque esto se presta para una hermosísima charla de café con las muchachitas impresionables de las que hablaba. No es mi teoría. Mi teoría va de la mano con el lector.

El estudioso de la literatura desdeña al lector. En las múltiples discusiones literarias que he tenido, es lo que siempre sobra. Pero el lector es el motor de la literatura. Sé que esto suena sospechosamente marxista, pero permítanme desarrollar la idea.

Primero consideremos que el lector en un consumidor y por lo mismo que el escritor piensa en su arte como un oficio y por lo mismo algo que se hace para generar dinero o los recursos para vivir. El lector determina con su gusto lo que ha de venderse y lo que no; este lector global determina el éxito del escritor dependiendo de su popularidad. Aun cuando nos encontramos con el “escritor incómodo” que “desafía al público de su época para hacer el auténtico arte” este está creando su mística, su personaje para poder proyectarse en las ventas: es más interesante leer lo que está prohibido o va contra las normas. Aun cuando no hay una aprobación tácita, no significa que no la hay.  

Los que tenemos un enamoramiento con la literatura usualmente negamos este argumento y pensamos que nuestro escritor favorito o estos ídolos literarios son un ente de pura energía creativa que no tiene fallas y no se corrompe por nimiedades como el dinero. Pero todos los escritores buscaban encajar en las tendencias que les permitieran vender su historia. Esto no es en perjuicio, nunca lo ha sido; al contrario, demuestra que el artista es aquel que usa los recursos a su disposición y sabe entender el ritmo del mundo.

Si a usted le repugna la idea de vender el arte, dejo a su consideración lo siguiente: si esas obras no se hubiesen vendido, no se conocerían. Si no se conocieron en sus tiempos, no existirían para usted.

El público no es un mal crítico. Él sabe lo que quiere. Es tonto creer que, como artistas, siempre estamos por encima de ellos.

Y ese es el segundo punto. Todo artista fue primero público. Y nos quejamos y desafiamos; queremos cambiar las cosas que ya no van con el mundo con el que lidiamos a diario. El arte cambia cuando el artista es un buen espectador.

Ahora bien, ¿qué pasó con la literatura en el último siglo? Pasamos del naturalismo, a un existencialismo, a una meta-literatura, a un nuevo realismo y finalmente a una especie de formalismo literario. Vertiginosos cambios en periodos demasiado cortos y está claro que van de la mano al también vertiginoso siglo XX, pero lo que muchos de estas tendencias tenían en común es que resultaban demasiado alejados del público en sí: parecen más embellecidos y exagerados manifiestos de la dureza de la vida de los autores que una historia con la que la gente se pueda sentir identificada. Son textos que presumen inteligencia y desdeñan al lector que no los entiende. Son textos bendecidos por figuras públicas, intelectuales y políticos, que no requieren la aprobación de otros. Se alejan de la crítica. Se hacen elitistas.

Esta literatura “de supermercado” –yo he pecado de llamarla así- es la vuelta a esto: es literatura simple para el público. Su calidad está puesta en duda, pero nunca la cercanía que logran con el lector. 


Esta literatura existe para bien. Confío que esta vuelta nos hará humildes y nos volverá de nuevo al piso que tanto necesitamos.

El que siga habiendo libros de Harry Potter no debería ser un insulto a su inteligencia, sino un reto a su creatividad.

martes, 23 de agosto de 2016

El amor como recurso narrativo

Y termina la película con los protagonistas enlazados en un beso romántico mientras todos sus problemas se disuelven por la gracia del Deus Ex Machina. Todos terminamos con una cierta sensación de insatisfacción y no es por el cinismo de la sociedad moderna, es porque de algún modo no se siente natural. Incluso los raros especímenes humanos que han conseguido la felicidad por medio de su relación con otro espécimen humano se muestran ligeramente suspicaces: nunca resulta tan sencillo como lo hacen parecer.

Luego, olvidamos toda la trama. La cotidianeidad se encarga de eso.

El amor es uno de los más complicados temas narrativos que existen, y aun así estoy convencido  que todos los que hemos intentado hacer literatura hemos rondado como abejas esa flor (zumbando y bailando sin éxito, al menos en mi caso). La dificultad del tema radica en el hecho de que el amor no representa lo mismo para todo mundo; no representa en ocasiones ni siquiera algo favorable.

Pero queremos que lo sea. La mayor tentación del escritor es hacer una historia donde el amor triunfe, quizá como una oración a los cielos o una petición al destino; los escritores raramente se separan de los personajes que crean… Sin embargo, el amor que triunfa mata todo conflicto y por lo tanto mata las historias.

Esto es, por ejemplo, el caso de las telenovelas: cuando se nos presenta a los protagonistas en la primera media hora, sabemos que los trescientos episodios intermedios entre ese momento y la boda de princesa en el final son inconsecuentes. Estas historias están basadas en el concepto del amor triunfante y es la razón por la que vilipendiamos a este formato: todos los conflictos son predecibles y falseados.

Estoy consciente de la gran cantidad de historias de amor que existen en la literatura, pero puedo apostar que ninguna de ellas simplifican al amor como una fuerza mística que resuelve todos los conflictos: En “Romeo y Julieta” el amor no es lo que termina el conflicto entre las familias, es la muerte. En “Anna Karenina” o en “Las afinidades electivas” es el motivo de las angustias y traiciones. En “Grandes Esperanzas” es una mentira vivida gozosamente… el caso más claro es el de “Nuestra Señora de París”, en la que el amor es la fatalidad, el accidente que vuelve a un buen sacerdote en el villano de la historia; sin el amor, habría vivido una vida apacible y pacífica.



Así que, sobre las historias de amor, donde éste triunfa se nos hacen sosas y predecibles. Las historias donde el amor es  fatalidad persisten a lo largo de las eras.

Y es que apuesto que a nadie le ha ido tan bien en el amor como presume.


No sé qué dice de nosotros como especie.

jueves, 18 de agosto de 2016

Suicide Squad 2: Mercadólogos y la ira de Gil

¿Qué es lo que hace a un buen personaje? La respuesta varía dependiendo de la historia que tienes que contar, pero usualmente es que el personaje tenga una particularidad bien definida que sea compatible con la historia. El personaje debe tener un objetivo, una búsqueda que le permita definirse y que le dé los elementos para sentirnos identificados con él o ella.

Un ejemplo magistral dentro de la literatura es Rodión Románovich Raskólnikov en “Crimen y Castigo”: el personaje se define como una especie de sociópata y aun así estás interesado en su viaje y es porque después de su crimen, muestra rasgos de humanidad. Y es curioso como Dostoievsky logra que te sientas identificado con el lado oscuro del personaje, tanto como con su duda moral. Quieres saber si Rodia se vuelve un asesino despiadado o si encuentra el camino del bien. Y en cada uno de sus pasos, pones en duda tus propios juicios.

Obviamente escojo uno de los personajes más complicados que se me vienen a la mente para generar contraste con el punto que quiero dar a entender ahora.

¿Qué es lo que el cine y varios otros medios toman en cuenta para crear un personaje? Mercadotecnia.




Suicide Squad –la película- tiene dos “protagonistas”, Will Smith... er... Deadshot y la payasita; ambos personajes se definen en su primer aparición en escena y se sostienen exactamente iguales durante toda la película: por una parte Deadshot que declara “soy un asesino despiadado que quiere mucho a su hija, lo que significa que soy de algún modo humano” y por otro la payasita, “¡Oh! ¡mírenme! soy una mujer inteligente sobajada y menospreciada por un jefe de la mafia porque creo que el amor verdadero se demuestra con abusos y violencia ¡vean como me quito la ropa a la menor provocación!” Durante la película, los personajes no aprenden nada, no mejoran bajo ninguna situación y los “momentos de personajes” que tenemos con ellos reafirman estas primeras declaraciones. Ambos personajes son olmos raquíticos con aspiraciones de peral. Si acaso logran empatizar con el público es porque cuentan chistes y nuestro público tiene un pésimo sentido del humor.

Entonces, tenemos una película sin historia que depende de estos dos personajes estériles. ¿Por qué la película es tan popular? Porque las personas más brillantes en la producción son mercadólogos… mercadotécnicos… hacen mercadotecnia. Para la payasita, consigues a la mujer con la sonrisa más grande que puedas, a la que no tenga ningún estándar a la hora de la desnudez y a la que pueda aguantar más tiempo con los shorts más ajustados creados por el hombre. La presentas como la mujer fuerte e independiente que no obedece ninguna regla de nuestro mundo falocéntrico y aunque todo esto es una mentira en la película, la gente no tiene que saberlo hasta que ya haya pagado su boleto.

Para Deadshot contratas a Will Smith y convences a la gente de que es un buen actor. Es un trabajo sencillo porque la gente no tiene memoria.

Quizá el nuevo arte está en la mercadotecnia. Si pensamos que el arte es una forma de reinterpretar la realidad, los mercadólogos hacen un excelente trabajo en alterarla y disfrazarla.


Quizá en estos tiempos, un buen personaje depende de cómo lo vendas. 

miércoles, 17 de agosto de 2016

Suicide Squad y la payasita de la crisis narrativa

“¡Somos villanos! ¡Es lo que hacemos!” dice la payasita mientras se roba una bolsa que no volveremos a ver en toda la película de Suicide Squad. La escena aparece espontánea entre dos escenas de relativa “importancia”  y es claro que el objetivo de quien hizo este desastre secuencial es darle una escena a la payasita –que es un desastre como personaje… pero eso lo dejo para otra ocasión-. Pero independientemente del odio que tengo a la payasita, la pregunta es por qué hacer esta transición, por qué darle este minuto para un diálogo sin causa ni consecuencia.

Desde mi punto de vista, esto se debe a la crisis de narrativa que tenemos actualmente: los autores tienen mucho miedo de contar sus historias. No puedo imaginarme cual es la causa, pero puedo intuir que es esta presión por generar “éxitos” o “grandes obras” o el miedo a ser poco original o creativo. Pero sea cual sea la procedencia de este temor, lo que está generando son historias más enfocadas en las artimañas que en el arte.

Artimaña. Trucos para engañar al arte. Suicide Squad es un caso ejemplar: se vende como una película revolucionaría que romperá un género naciente –el cine de superhéroes- por las brillantes interpretaciones de sus actores. Pero su truco de tratar de vender a estos mismos actores es tan céntrico en el proyecto para sus directores o productores, que a leguas se nota que cortaron y recortaron el guion para darles a estos vanagloriados actores más tiempo en escena. Entonces, la narrativa de la película se levanta como un Frankenstein sin piernas y ojos y trata de llevarnos a algún lugar sin éxito alguno.

No ocupas contar una historia si tienes una payasita con shorts ajustados. Artimaña.

Esto no es exclusivo del cine, pero es donde es más evidente. Personajes femeninos hipersexualizados, violentas escenas gratuitas, escenas diseñadas para convertirse en memes, entre otros cientos de trucos a los que llamamos “hollywoodenses” (pronúnciese “joliwudenses”) que permiten a los directores salirse con la suya cuando los guiones no tienen sentido.

Habrá quien piense entonces “yo por eso veo cine de arte”. Bueno, el cine de arte tiene su plétora de trucos también. Este cine usualmente ronda los mismos temas y los directores de las mismas –temerosos de ser catalogados como “poco originales”- usan cierto tipo de escenas que pretenden generar ansiedad, angustia o confusión. Ejemplos de esto son esas escenas de violaciones explicitas que tanto gustan a estos directores que, por muy relevantes que sean en la historia, terminan siendo más importantes que la historia en sí. Otros trucos son los efectos de cámara, panorámicas, edición y no sé qué tanto más.

¿En verdad la única manera de poder vender tu historia es por medio de artimañas? ¿Es verdad que ya no tenemos historias que contar y que por eso tenemos que poner mujeres desnudas en todas nuestras obras para que generen interés? Es posible. Es muy posible.

Alguna vez participé para una beca de literatura en Michoacán. El resolutivo es que era poco original y pasé años tratando de descifrar que es lo que significaba eso, como es que podría sorprender a la crítica especializada. Y caí en cuenta: “¿sorprender? ¡Yo no soy un payasito!” me dije y dejé de escribir.


Quizá la crisis de la narrativa es que no se puede contar ninguna historia si no tienes la artimaña que sorprenda. 

lunes, 15 de agosto de 2016

Lecturas de precisión

Por lo que he leído, parece ser que en algún momento Borges escribió: “Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVIII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson.” Francamente no me consta; Borges es uno de esos autores que se me escapa por esta necedad que tengo de negarme a leer la endiosada literatura latinoamericana, pero sé lo suficiente de Borges como para saber que si lo pongo de referencia, gano legitimidad. 

Mis opiniones cuentan, pero Borges es Borges.

¿Por qué es tan agradable su prosa? Cuando hacemos referencias de la literatura de un autor, usualmente usamos estas palabras místicas como “profundidad”, “uso de metáforas” y algunas otras frases que pretenden explicarse solas. Stevenson no tiene ninguna de esas cosas, su prosa es limpia, sencilla y concreta, como una flecha lanzada a la diana. 

Desde la primera línea de “La isla del tesoro”  se te presenta el protagonista y lo que el mismo va a contar. No hay necesidad para mantener el misterio o lo que ha de pasar. El protagonista cuenta lo que es  y lo que ve y no se guarda nada (a excepción de la localización de la isla, para prevenirse de los insensatos). No recurre a ningún recurso poético o dramático pues es un hombre sin mucha educación quien habla. Es coherente y simple, con la suficiente inteligencia derivada del ingenio llano.

La historia se desarrolla de la misma manera, revelando los hechos y sorpresas a un ritmo preciso que mantiene el interés durante toda la obra. Por ejemplo quien sepa de la obra o incluso un lector aguzado sabe que en la obra hay piratas, pero estos no son revelados en la obra hasta que los hechos lo permiten. Por lo mismo, cada suceso tiene causa y consecuencia; el autor no requiere de recursos improvisados o situaciones fuera de la lógica de la historia para poder mantenerla. 

Quizá por la cercanía al corazón que tengo con este libro me queda claro algo: los escritores deberían leerlo. Los que escriben actualmente. Quien hace prosa, fundamentalmente, pero también quien hace guiones de películas y series de televisión. ¿Cuántos escritores no me he topado que buscan embellecer con insensateces lo que dicen? ¿Qué empiezan una historia incontable que terminan en ningún sitio? ¿Cuántos de estos escritores saben si quiera donde empiezan y donde terminan de escribir? Tienen tanto miedo de lo que dicen es poco interesante o que su historia sea poco original, que pretenden nublarlo con las nieblas de una falsa elocuencia. Pero Stevenson demuestra que a pesar de contar una historia tan simple y sencilla que a lo largo de tres mil años de mitos se ha repetido ad nauseam, aun puede causar interés y un gusto infantil en el corazón de quien lo lea, al contarlo de un modo familiar y amable. 

Con palabras auténticas. 

Con intenciones verdaderas.

Como un padre o un amante sincero.




jueves, 11 de agosto de 2016

Jim Hawkins y el poder de SHAZAM


 Cuando inicié el blog anteriormente, hablé sobre la importancia personal que tenía para mí “La isla del tesoro” de Robert Louis Stevenson con un estilo poético e impreciso que no le hace justicia en absoluto al libro. Todos los libros nos estremecen, nos tiran de lugares comunes y nos replantean el mundo, pero –por muy lindo que sea eso- es interesante saber las razones de por qué esto sucede.

La isla del tesoro no tiene la historia más original en la historia literaria: es la historia de Jim Hawkins y su aventura al encontrar un mapa del tesoro y su enfrentamiento con el feroz pirata Long John Silver  para encontrar dicho tesoro primero. Eso es todo. No hay un trasfondo trágico o un angustioso viaje existencial de los protagonistas: los buenos son nobles y leales, verdaderos caballeros valientes y de nobleza incomparable. Los malos son la escoria del mar, sin ninguna virtud que los defienda. Así simple, sin sorpresas. Si busca sorpresas, lea “Rayuela” y se llevará la sorpresa de no entender un carajo.

Pero incluso con esa esa historia tan elemental pavimentó el camino a la mayor parte de la ficción de aventuras del siglo XX y XXI -sobre todo en el cine, televisión, comics y videojuegos- gracias al más simple de los elementos de la obra: Jim Hawkins es un niño. Esta es la mayor genialidad de la obra.
A lo largo de la historia literaria, las aventuras eran sorteadas por adultos, usualmente preparados y listos para cualquier cosa: guerreros o exploradores de años que siempre tienen la herramienta correcta para salir delante de las complicaciones que pudieran aparecer. Esto hacia que el lector estuviera consciente de que el héroe triunfaría. Pero ¿qué pasa si cambiamos al héroe calificado por un niño, hijo de una posadera? ¿Puede triunfar alguien como él? Es una apuesta fuerte para el lector. Sumamos a esto que la obra estaba dirigida a niños y jóvenes y el éxito está garantizado: estos jóvenes lectores pueden sentir una conexión verdadera con el protagonista.

Este esquema se ha mantenido vigente hasta hoy en día: niño común encuentra algo extraordinario que lo obliga a irse de aventuras: descubre que es hijo de magos o de un poderoso guerrero espacial, le enseñan una palabra mágica que lo convierte en un superhéroe o se encuentra un poderoso artefacto que lo señalan como “el elegido”. El héroe empieza su viaje débil e inexperto –como todos nosotros- y sus tribulaciones suenan auténticas, aun cuando las aventuras sean disparatadas e irreales.
Así Jim Hawkins navegando en una lanchita en el mar nocturno, no suena absurdo, sino emocionante. Yo que no puedo subirme a ningún navío, anhelo esa aventura, tanto como gritar ¡SHAZAM! y convertirme en superhéroe.

La literatura del siglo XX en su afán de romper con lo viejo, se separó de las aventuras y comenzó su periplo hipersexualizado, lleno de drogas y angustias que no resuelve nada. Había un sueño de profundidad y revelación en estos viajes existenciales. Las aventuras descubrieron en algunos de nosotros, lectores de mundos fantásticos, que toda profundidad en las letras depende del espíritu del lector.

Somos simples. Todos queremos volar.



martes, 9 de agosto de 2016

Años y medios años de horror gris.

Hace más de un año que intenté dar una vuelta por algo así como ejercicios literarios, pero era un mal momento en mi vida. Ahora que ese “mal momento” pasó, estoy replanteando volver a la escritura formal pseudo-ensayística que caracteriza un blog.

Lo que resulta interesante de estos razonamientos es el asunto del estado de ánimo en relación con la creatividad. Durante años me he encontrado con la gente que –con sabiduría de artista- aseguran que un artista debe trabajar abnegadamente todos los días hasta que su obra sea naturalmente magnifica. Suena muy razonable y noble al grado del heroísmo. Pero ¿escribir por escribir, pintar por pintar o salir y abrir un escenario que está vacío tiene sentido? ¿De verdad no es necesaria una condición adecuada para hacer el arte?

La gente hoy en día se burla de las musas. Masturbaciones diarias con la esperanza de que una sepa a éxtasis.

¿Cómo justifico esta idea? Lo adecuado dar argumentos de autoridad con esperanzas de legitimidad. No tengo ninguna en realidad, solo lo que cabe en lo literario: cuántos autores crearon una sola gran obra y desaparecieron; o los que hicieron su opera prima en el mejor momento de su vida y el resto es mediocre o poco inspirado. El ánimo, el espíritu correcto, la inspiración arrebatada es motivo de estas grandes obras, es el genio poseyendo a la mano que escribe. Todos fueron hombres y todos tuvieron esos días, meses o años de horror gris sin genio ni musa.

Escribir requiere del impulso vital que es la inspiración, el ánimo correcto.

Ahora que también dicen que la revelación solo llega a las almas preparadas y todo lo anterior es una justificación de porque he sido tan perezoso que no he escrito en el blog en un año y medio.


Justificaciones y disculpas adornadas. Ahí está el carácter literario que andaba buscando…