domingo, 28 de agosto de 2016

De por qué está bien que sigan sacando libros de Harry Potter

He tenido la duda legitima de cómo llegamos a la tendencia literaria actual. Estamos en una época donde los best-sellers son libros diseñados –no escritos- para adolescentes –que cautivan a niños y a adultos- donde lo que se busca no es la historia como tal, sino la integración de lo escrito en la cultura popular. Esta tendencia es evidente en la popularización de ciertos libros, personajes o ideas que derivan en la creación de larguísimas e insulsas series que finalmente derivan en películas, series televisivas y videojuegos.

¿Cuál es la causa de esto? Presento mi teoría. Por supuesto, corresponde a los expertos dar una respuesta, después de haber cobrado sus becas, pasado por discusiones en cafés y deslumbrado a las jovencitas con su sapiencia.

Cada generación literaria ha aparecido como ruptura a la tendencia anterior desde el origen de las mismas. Por ejemplo, la ruptura del neoclasicismo nos lleva romanticismo y la ruptura de ésta nos trajo el realismo. Estas transformaciones van de la mano a las tendencias de la época y describen de manera muy claro el espíritu de la misma y aunque esto se presta para una hermosísima charla de café con las muchachitas impresionables de las que hablaba. No es mi teoría. Mi teoría va de la mano con el lector.

El estudioso de la literatura desdeña al lector. En las múltiples discusiones literarias que he tenido, es lo que siempre sobra. Pero el lector es el motor de la literatura. Sé que esto suena sospechosamente marxista, pero permítanme desarrollar la idea.

Primero consideremos que el lector en un consumidor y por lo mismo que el escritor piensa en su arte como un oficio y por lo mismo algo que se hace para generar dinero o los recursos para vivir. El lector determina con su gusto lo que ha de venderse y lo que no; este lector global determina el éxito del escritor dependiendo de su popularidad. Aun cuando nos encontramos con el “escritor incómodo” que “desafía al público de su época para hacer el auténtico arte” este está creando su mística, su personaje para poder proyectarse en las ventas: es más interesante leer lo que está prohibido o va contra las normas. Aun cuando no hay una aprobación tácita, no significa que no la hay.  

Los que tenemos un enamoramiento con la literatura usualmente negamos este argumento y pensamos que nuestro escritor favorito o estos ídolos literarios son un ente de pura energía creativa que no tiene fallas y no se corrompe por nimiedades como el dinero. Pero todos los escritores buscaban encajar en las tendencias que les permitieran vender su historia. Esto no es en perjuicio, nunca lo ha sido; al contrario, demuestra que el artista es aquel que usa los recursos a su disposición y sabe entender el ritmo del mundo.

Si a usted le repugna la idea de vender el arte, dejo a su consideración lo siguiente: si esas obras no se hubiesen vendido, no se conocerían. Si no se conocieron en sus tiempos, no existirían para usted.

El público no es un mal crítico. Él sabe lo que quiere. Es tonto creer que, como artistas, siempre estamos por encima de ellos.

Y ese es el segundo punto. Todo artista fue primero público. Y nos quejamos y desafiamos; queremos cambiar las cosas que ya no van con el mundo con el que lidiamos a diario. El arte cambia cuando el artista es un buen espectador.

Ahora bien, ¿qué pasó con la literatura en el último siglo? Pasamos del naturalismo, a un existencialismo, a una meta-literatura, a un nuevo realismo y finalmente a una especie de formalismo literario. Vertiginosos cambios en periodos demasiado cortos y está claro que van de la mano al también vertiginoso siglo XX, pero lo que muchos de estas tendencias tenían en común es que resultaban demasiado alejados del público en sí: parecen más embellecidos y exagerados manifiestos de la dureza de la vida de los autores que una historia con la que la gente se pueda sentir identificada. Son textos que presumen inteligencia y desdeñan al lector que no los entiende. Son textos bendecidos por figuras públicas, intelectuales y políticos, que no requieren la aprobación de otros. Se alejan de la crítica. Se hacen elitistas.

Esta literatura “de supermercado” –yo he pecado de llamarla así- es la vuelta a esto: es literatura simple para el público. Su calidad está puesta en duda, pero nunca la cercanía que logran con el lector. 


Esta literatura existe para bien. Confío que esta vuelta nos hará humildes y nos volverá de nuevo al piso que tanto necesitamos.

El que siga habiendo libros de Harry Potter no debería ser un insulto a su inteligencia, sino un reto a su creatividad.

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