lunes, 15 de agosto de 2016

Lecturas de precisión

Por lo que he leído, parece ser que en algún momento Borges escribió: “Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVIII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson.” Francamente no me consta; Borges es uno de esos autores que se me escapa por esta necedad que tengo de negarme a leer la endiosada literatura latinoamericana, pero sé lo suficiente de Borges como para saber que si lo pongo de referencia, gano legitimidad. 

Mis opiniones cuentan, pero Borges es Borges.

¿Por qué es tan agradable su prosa? Cuando hacemos referencias de la literatura de un autor, usualmente usamos estas palabras místicas como “profundidad”, “uso de metáforas” y algunas otras frases que pretenden explicarse solas. Stevenson no tiene ninguna de esas cosas, su prosa es limpia, sencilla y concreta, como una flecha lanzada a la diana. 

Desde la primera línea de “La isla del tesoro”  se te presenta el protagonista y lo que el mismo va a contar. No hay necesidad para mantener el misterio o lo que ha de pasar. El protagonista cuenta lo que es  y lo que ve y no se guarda nada (a excepción de la localización de la isla, para prevenirse de los insensatos). No recurre a ningún recurso poético o dramático pues es un hombre sin mucha educación quien habla. Es coherente y simple, con la suficiente inteligencia derivada del ingenio llano.

La historia se desarrolla de la misma manera, revelando los hechos y sorpresas a un ritmo preciso que mantiene el interés durante toda la obra. Por ejemplo quien sepa de la obra o incluso un lector aguzado sabe que en la obra hay piratas, pero estos no son revelados en la obra hasta que los hechos lo permiten. Por lo mismo, cada suceso tiene causa y consecuencia; el autor no requiere de recursos improvisados o situaciones fuera de la lógica de la historia para poder mantenerla. 

Quizá por la cercanía al corazón que tengo con este libro me queda claro algo: los escritores deberían leerlo. Los que escriben actualmente. Quien hace prosa, fundamentalmente, pero también quien hace guiones de películas y series de televisión. ¿Cuántos escritores no me he topado que buscan embellecer con insensateces lo que dicen? ¿Qué empiezan una historia incontable que terminan en ningún sitio? ¿Cuántos de estos escritores saben si quiera donde empiezan y donde terminan de escribir? Tienen tanto miedo de lo que dicen es poco interesante o que su historia sea poco original, que pretenden nublarlo con las nieblas de una falsa elocuencia. Pero Stevenson demuestra que a pesar de contar una historia tan simple y sencilla que a lo largo de tres mil años de mitos se ha repetido ad nauseam, aun puede causar interés y un gusto infantil en el corazón de quien lo lea, al contarlo de un modo familiar y amable. 

Con palabras auténticas. 

Con intenciones verdaderas.

Como un padre o un amante sincero.




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