Cuando inicié el blog anteriormente, hablé sobre la importancia personal
que tenía para mí “La isla del tesoro” de Robert Louis Stevenson con un estilo poético
e impreciso que no le hace justicia en absoluto al libro. Todos los libros nos
estremecen, nos tiran de lugares comunes y nos replantean el mundo, pero –por muy
lindo que sea eso- es interesante saber las razones de por qué esto sucede.
La isla del tesoro no tiene la historia más original en la historia
literaria: es la historia de Jim Hawkins y su aventura al encontrar un mapa del
tesoro y su enfrentamiento con el feroz pirata Long John Silver para encontrar dicho tesoro primero. Eso es
todo. No hay un trasfondo trágico o un angustioso viaje existencial de los
protagonistas: los buenos son nobles y leales, verdaderos caballeros valientes
y de nobleza incomparable. Los malos son la escoria del mar, sin ninguna virtud
que los defienda. Así simple, sin sorpresas. Si busca sorpresas, lea “Rayuela”
y se llevará la sorpresa de no entender un carajo.
Pero incluso con esa esa historia tan elemental pavimentó el camino a la
mayor parte de la ficción de aventuras del siglo XX y XXI -sobre todo en el
cine, televisión, comics y videojuegos- gracias al más simple de los elementos
de la obra: Jim Hawkins es un niño. Esta es la mayor genialidad de la obra.
A lo largo de la historia literaria, las aventuras eran sorteadas por
adultos, usualmente preparados y listos para cualquier cosa: guerreros o
exploradores de años que siempre tienen la herramienta correcta para salir delante
de las complicaciones que pudieran aparecer. Esto hacia que el lector estuviera
consciente de que el héroe triunfaría. Pero ¿qué pasa si cambiamos al héroe calificado
por un niño, hijo de una posadera? ¿Puede triunfar alguien como él? Es una
apuesta fuerte para el lector. Sumamos a esto que la obra estaba dirigida a
niños y jóvenes y el éxito está garantizado: estos jóvenes lectores pueden
sentir una conexión verdadera con el protagonista.
Este esquema se ha mantenido vigente hasta hoy en día: niño común encuentra
algo extraordinario que lo obliga a irse de aventuras: descubre que es hijo de
magos o de un poderoso guerrero espacial, le enseñan una palabra mágica que lo
convierte en un superhéroe o se encuentra un poderoso artefacto que lo señalan
como “el elegido”. El héroe empieza su viaje débil e inexperto –como todos
nosotros- y sus tribulaciones suenan auténticas, aun cuando las aventuras sean disparatadas
e irreales.
Así Jim Hawkins navegando en una lanchita en el mar nocturno, no suena
absurdo, sino emocionante. Yo que no puedo subirme a ningún navío, anhelo esa
aventura, tanto como gritar ¡SHAZAM! y convertirme en superhéroe.
La literatura del siglo XX en su afán de romper con lo viejo, se separó de
las aventuras y comenzó su periplo hipersexualizado, lleno de drogas y
angustias que no resuelve nada. Había un sueño de profundidad y revelación en
estos viajes existenciales. Las aventuras descubrieron en algunos de nosotros,
lectores de mundos fantásticos, que toda profundidad en las letras depende del espíritu
del lector.
Somos simples. Todos queremos volar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario