lunes, 21 de noviembre de 2016

Sobre la pereza de quien lee y quien escribe

Escribir es difícil. Cuando escribimos estamos cargando un bagaje de historias que queremos contar, otro tanto de historias que nos gustaron -que copiamos inconscientemente- y una plétora de afecciones personales que van metidas en lo que estamos narrando. Cuando descubrimos todo esto en la obra, las más de las veces la echamos abajo temerosos de revelar estas cosas y se comienza de nuevo o se corrige para crear algo con lo que estamos satisfechos.

Esto se puede enseñar, pero casi siempre lo aprendemos de leer: se puede rastrear tanto influencias como aspectos personales en cada libro que leemos. Sin embargo, es marca de verdadero trabajo cuando el libro se separa de sus fuentes y de los complejos del autor; esta debería ser la aspiración de cualquiera que haga literatura.

Entonces escribir es difícil, pero hay antecedentes de personas que pudieron publicar un libro cada año o seis meses. ¿Qué factor es el que determina esta velocidad? Podemos honestamente hablar de talento o una capacidad especial para ello, pero el motivo de las prisas casi siempre tiene que ver con dinero. La mayor parte de la literatura victoriana se hacía como trabajo del cual se podía subsistir, por ejemplo. Sin embargo, era una época cruel: si el texto no agradaba, el autor no comía. El público era exigente y demandaba calidad; los autores se esforzaban bastante para llenar estos estándares y esto nos llevó a una época dorada del realismo literario.

Nosotros como público actual no somos exigentes. Disfrutamos las cosas sencillas que nos exigen la menor cantidad de poder cerebral. Los autores hoy en día hacen cantidades absurdas de dinero con historias sencillas y complacientes. Es el carácter de la época. Incluso, me he dado el lujo de -en una entrada anterior- defender este tipo de libros al justificarlos como el paso de una terrible época literaria que hacia lo contrario: autocomplacencia del autor.

Pero hay una cosa que no puedo perdonar y es la pereza. Lo que no permitirá mejorar nuestras historias es la pereza. Pereza como lectores de no buscar algo que nos eleve un poco más y pereza de los autores de no tratar de innovar. No es siquiera crear un nuevo movimiento literario, no es crear nuevos paradigmas en la narrativa: como espectadores ser capaces de generar, aunque sea una breve incomodidad en nuestros cerebros al descubrirnos agradablemente sorprendidos o desagradablemente decepcionados y querer entender por qué y enfrentarnos honestamente a la obra.

Es, como autores, darnos cuenta que vale la pena aportar algo al mar de las historias y no vivir cómodamente detrás de una historia que se copia a si misma o a otros.


Es válido hacer dinero con el arte. Lo que sospecho tramposo es hacer dinero con símiles de arte y que nosotros como público demos coba a eso. 

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