Usualmente no veo cine. Es por una causa: las películas
determinan desde el principio el ritmo de su narrativa –que depende de la
duración de la misma y el tema del que trata- y por lo tanto siento que no
tengo control sobre nada de la misma y me termino sintiendo ajeno a la
experiencia.
El caso que pongo de ejemplo es una película que se llama “La vida de Pi”.
Esta película la vi en el cine en una de esas horrendas salas en las que los
asientos se menean sin control para hacer “inmersiva” la experiencia. La película
promete que al final tendrás una nueva perspectiva de Dios y que te abrirá los
ojos.
La historia es la narración de un chico hindú que, por razones
exageradamente convenientes, termina atrapado con un tigre en un bote en
altamar. Después se describen las largas y tediosas interacciones de este
muchacho con el tigre y su mutua supervivencia. Luego –de la nada- terminan en
una especie de isla viviente que se come a la gente. Escapan y terminan en una
playa; el tigre se va y el niño sobrevive.
¿Cómo cambiamos nuestra perspectiva de Dios? De ninguna manera, hasta que
el narrador pide que sopesemos que historia nos gusta más: si el tigre era
realmente un tigre o un hombre, un asesino. Pregunta si la narración fantástica
nos gusta más que una realista. Y por eso el concepto de Dios es algo bueno,
porque da menos miedo que “la verdad”.
Yo recuerdo estar furioso en este momento. Aparte de que su “reinterpretación”
de Dios es simplificarlo como una "verdad más agradable", me hizo pasar dos horas
en la más aburrida y lenta de las historias para llegar a ella. “El tigre es
una metáfora” es uno de los insultos más grandes que he recibido en todas las
historias que conozco.
Esta película equivale a viajar en un tren por dos horas para llegar a donde mismo; es
como si un comediante diera un discurso sobre el marxismo de dos horas para
poder contar un chiste de Mao Tse Tung; es recordarnos que, pagado nuestro
boleto, somos presa de los caprichos de un cineasta durante dos horas.
No es el único caso que me ha pasado, pero esta película en particular me
molesta porque ganó una cantidad absurda de premios a pesar de ser una farsa y
por eso mismo va a ser punto de referencia de como contar historias. Las películas
que quieran ganar Oscares, deberán ser un chiste que se explica y disecciona al
final, y en este horrible proceso, tener la esperanza de encontrar profundidad.
No podría, ni cerca, sugerir una solución para resolver este problema del
cine. Las películas que me he topado, casi todas resuelven hacer este tipo de
cosas como un método de ser sorprendentes o profundas. He aceptado esto como el
orden natural de las cosas y como no gusto, no suscribo. Por esto no veo cine.
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