El libro es un
universo cerrado. El autor al poner el final de su obra cierra definitivamente
lo que ha de contener y pierde todo derecho de modificarlo: los personajes no
le pertenecen más, ahora son libres de ser y volver a ser aquello a lo que
están destinados.
Esto es lo que
creo: Las ficciones no se modifican con el tiempo. No aparecen nuevos significados
en la obra, estas son impuestas por los lectores y los así llamados expertos.
¿Por qué crees
que Alicia te habla de LSD, opio y demás variedad de drogas? ¿Encontraste esos
trozos de ficción en la narrativa? ¿Entonces se equivocan aquellos que hablan
de Alicia como una alegoría a la locura creativa? ¿O los que consideran la
locura como único medio de observar la verdad? ¿Quién tiene a la verdadera
Alicia?
Y Alicia sale
ilesa de la discusión, porque su historia es siempre la misma.
“¡Entonces
limitas la obra, al despojarla de significados profundos!” reclamarán los
literatos. Y yo les digo ¡jamás! ¡La obra es un mundo entero! ¡Un universo con
sus propias reglas! ¡Infinito mientras se lea!
Explico mi
razonar: el libro es como un individuo –cada persona es una historia-. Dentro
de sí, la persona ve al mundo a su
manera e impone sus propias reglas de percepción, por lo que el mundo es
diferente depende de quién lo ve. El libro escribe el mundo que conoce, lo
modifica, lo perfecciona, lo hace emocionante o trágico y lo termina.
Lo comienza y lo
termina con nombres de personajes: el universo se convierte en nombres de
personas y ellos se lo apropian.
Y lo terminan.
El libro y la
persona terminan y nada más se puede decir de ellos.
Y llegaran los
sabios y le pondrán características que no tuvo o exagerará las que sí y ese
libro-individuo será un poco más humano, pues así nos gusta más. ¡Pero la
historia ya acabada no cambia más que por el ojo de quien lo ve!
¿Y si el libro
nos lee a nosotros y por eso vemos tanto en él?
O el libro es
solo una bestia inocente.
Al final no estoy seguro de nada.
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