Leí “La isla del tesoro” cuando estaba en
cuarto de primaria. Y fue la desgracia más afortunada que ha pasado en mi vida.
Desgracia, porque ese día me encontré
enmarañado en el mundo literario del que nunca salí para intentar tener una
vida normal. ¿Pueden imaginar lo que es para un niño retraído y solitario, que
había crecido viendo las insulsas caricaturas de los ochentas encontrarse con
una aventura de verdad como es la de Jim Hawkins? No se trataba de espadas que
lanzaban rayos mágicos al trasero de los enemigos: aquí, un niño veía con sus
ojos la nobleza y vileza del espíritu humano y pone su propia existencia en la línea
entre el honor y la muerte.
Yo devoraba el libro. El mundo empezaba a
representar una serie de dificultades para mí en ese momento ya empezaba a
carecer de sentido. Pero no en el libro: en el libro existía el bien y el mal, la
lealtad y la traición, la codicia y el honor. El libro en un universo de hombres
más auténticos que los que conocía en ese momento. Yo era Jim Hawkins, yo
aprendía y tomaba las decisiones honorables porque así debía ser el mundo, no
ambiguo y gris como en el que vivía.
Para cuando terminé de leerlo, no hubo
orgullo ni sensación de logro –como pretende venderte la literatura, actualmente-
hubo una sensación de vuelta a la normalidad. El mundo volvía a oscurecerse sin
piratas y capitanes, sin islas de los mares del sur, sin piezas de a ocho. Era
ir a una escuela de monjas que reprimían toda intención, que oprimían cada paso
en el espíritu de “es por tu bien”. Era volver a hombres musculosos que
pretendían vencer a un villano idiota y sin personalidad.
¿Qué podía hacer? Volver a leerlo. Mejor aún,
buscar más libros, más historias. Si el mundo es terrible, solo debía volver a
la isla. La isla funciona aunque sea pequeña y limitada ¿por qué salir de ella?
Naufragué en las historias.
Primaria, secundaria, preparatoria,
carrera universitaria, vida adulta en la isla. Incapaz de establecer relaciones
normales, con amigos exploradores igual de locos y pocos amores en el horizonte.
Un Ben Gunn enloquecido por las soledades.
Pero las historias son mi tesoro, aunque
como el oro en la isla, es inútil.
Desgracia con suerte, bendito libro
accidental.

me encantó la foto del final :D
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