sábado, 15 de noviembre de 2014

La isla, de la que nunca me he ido.

Leí “La isla del tesoro” cuando estaba en cuarto de primaria. Y fue la desgracia más afortunada que ha pasado en mi vida.

Desgracia, porque ese día me encontré enmarañado en el mundo literario del que nunca salí para intentar tener una vida normal. ¿Pueden imaginar lo que es para un niño retraído y solitario, que había crecido viendo las insulsas caricaturas de los ochentas encontrarse con una aventura de verdad como es la de Jim Hawkins? No se trataba de espadas que lanzaban rayos mágicos al trasero de los enemigos: aquí, un niño veía con sus ojos la nobleza y vileza del espíritu humano y pone su propia existencia en la línea entre el honor y la muerte.

Yo devoraba el libro. El mundo empezaba a representar una serie de dificultades para mí en ese momento ya empezaba a carecer de sentido. Pero no en el libro: en el libro existía el bien y el mal, la lealtad y  la traición, la codicia y  el honor. El libro en un universo de hombres más auténticos que los que conocía en ese momento. Yo era Jim Hawkins, yo aprendía y tomaba las decisiones honorables porque así debía ser el mundo, no ambiguo y gris como en el que vivía.

Para cuando terminé de leerlo, no hubo orgullo ni sensación de logro –como pretende venderte la literatura, actualmente- hubo una sensación de vuelta a la normalidad. El mundo volvía a oscurecerse sin piratas y capitanes, sin islas de los mares del sur, sin piezas de a ocho. Era ir a una escuela de monjas que reprimían toda intención, que oprimían cada paso en el espíritu de “es por tu bien”. Era volver a hombres musculosos que pretendían vencer a un villano idiota y sin personalidad.

¿Qué podía hacer? Volver a leerlo. Mejor aún, buscar más libros, más historias. Si el mundo es terrible, solo debía volver a la isla. La isla funciona aunque sea pequeña y limitada ¿por qué salir de ella?

Naufragué en las historias.

Primaria, secundaria, preparatoria, carrera universitaria, vida adulta en la isla. Incapaz de establecer relaciones normales, con amigos exploradores igual de locos y pocos amores en el horizonte. Un Ben Gunn enloquecido por las soledades.

Pero las historias son mi tesoro, aunque como el oro en la isla, es inútil.

Desgracia con suerte, bendito libro accidental.



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