martes, 13 de enero de 2015

No me juzguen, lo cursi es natural en las historias.

Historias. Somos seres de historias. Es la manera en la que se aprende, es la manera en la que definimos personalidad, escogemos nuestros amigos y parejas. Y es que ¿acaso no preferimos aquella persona que resulta interesante, aun frente a los mejores instintos?

Esa es la base de uno de los tipos de historias románticas: reunimos a dos personas cuyos conflictos resulten en una historia  intensa, de desgracias y angustias. Hollywood nos ha convencido que es el tipo de historias que valen la pena, que si no hay una especie de prueba de fuego, situaciones límites o alguna aventura descabellada el amor es convencional y, por lo tanto, aburrido y finito.  

Es quizá uno de mis mayores problemas con el cine, dentro de muchas otras cosas. No soy una persona que soporte mucho ver películas y mucho menos cine de arte, así que solo suelo ver éxitos de Hollywood y todas las películas que he visto últimamente contienen esta fuerte carga romántica/sexual que resulta absurda –tomando en cuenta de que ninguna de las películas que suelo ver son específicamente románticas-. Incluso aquellas películas enfocadas a los niños, cargan poderosos mensajes de este estilo, disfrazados de inocencia.

Mientras que nos sometemos al estilo cinematógrafo de contar historias, los libros modernos van hacia este amor atormentado que nos dice que aquello que no tiene topes en el camino no vale la pena e incluso glorifican la violencia y el dominio sobre la pareja de maneras tan sutiles que suelen parecer románticos –la virtud de la sutileza es el disfraz-.

Esas son las historias de mucha gente que conozco, de sus relaciones: atormentadas y estúpidas, apostando que todo será mejor cuando los obstáculos desaparezcan. Pero en la vida fuera del ideal cinematográfico, eso no pasa.

Hay historias bellísimas de amor, que no disfrazan nada, que se dan como quien cuenta una anécdota. Hay algunas en los libros -de los que puedo contarles- y supongo que en la vida.


Y no me vengan con sus Romeos y sus Julietas, ¡tenían quince años, por amor de Dios!  Bien merecían morir, por calientes. 


2 comentarios:

  1. Pero..¿por qué es casi obligado en el discurso narrativo una historia de amor? ¿por qué ni en los documentales es posible dejarlo de lado?

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    1. Por que finalmente el amor es el conflicto más facil de manejar, y en un dado caso, resolver

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